Me marcó para siempre un viaje que hice hace muchos años a la frontera entre Nicaragua y Honduras. Iba con la tarea de hablar sobre el problema de sus actitudes violentas contra las mujeres con un grupo de campesinos. Cuando entré al galerón, su hambre era tan larga y ancha que se los comía a ellos mismos. Hombres altos, delgadísimos, con la piel pegada a los huesos y los ojos salidos. Su realidad material me dejó arrinconada, muda en la tarea que me había llevado hasta allá.
Esa realidad, escenificada de mil formas, es uno de los principales retos de quienes nos identificamos con ideas avanzadas. Frente a la brutalidad del hambre, el desempleo crónico, la privación recreativa, la enfermedad sin atender y el aislamiento institucional, hemos sido incapaces de hacernos siquiera preguntas que no estén en nuestra agenda. Es decir, que hemos tenido una tremenda incapacidad para ver más allá de nuestras anteojeras ideológicas.
Pero no solo eso, sino que, en nuestro extravío, hemos intentado forzar la realidad para seguir interpretándola con nuestras categorías de análisis y evitarnos la congoja de no saber. En la academia, llevamos años investigando a poblaciones empobrecidas y hablando en su nombre, pero ¿escuchamos realmente o solo queremos que piensen como nosotros?
Asimismo, cuando nada de eso resulta, el ataque del que nos quejamos ser víctimas permanentes se convierte en nuestra arma: “Si sos de derecha, sos facho”, “Un paco bueno es un paco muerto”, “Kill the local gringo”, “Muerte a Israel”, gritan algunos grafitis que se leen por la ciudad, dejando ver el odio de grupos que abogan por la libertad y los derechos.
De manera que ustedes y yo, que nos asumimos progresistas, somos una rendija que deja ver nuestra contribución al triunfo del oficialismo en las últimas elecciones.
¿Cómo podemos dialogar y buscar alianzas con la parte conservadora del país si pensamos que son unos fachos? Pero, además, se lo decimos. Se lo gritamos. Los mandamos a callar.
¿Cómo vamos a convencer a alguien desde nuestra superioridad moral y la ira de quien se siente con la verdad en la boca?
¿Cómo continuar defendiendo a ultranza a instituciones que les fallan a quienes más las necesitan? ¿Por qué nos cuesta tanto criticarlas para mejorarlas?
La filósofa política Nancy Fraser ha reprochado que el progresismo en la actualidad prioriza las luchas culturales y ha dejado en abandono la lucha por la justicia material. A su manera, Pierre Bourdieu también se ha referido al hecho cuando criticó cómo las élites culturales (muchas de ellas “progres”) reproducen la desigualdad simbólica.
Porque sí, sería un disparate y una bajeza concluir que el triunfo de este partido se debe (únicamente) a que los votantes fueron manipulados.
Dado el golpe que nos dieron en la cara con su voto, debemos al menos pensar en la posibilidad de que dicho partido supo hacerle un lugar –el que sea y para lo que sea– a su dolor y su rabia. Debemos aceptar que dicho resultado es muchas cosas, incluyendo un síntoma de nuestro fracaso.
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Isabel Gamboa Barboza es escritora, profesora catedrática de la UCR y docente tiktokera. Galardonada con el Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría 2025 en la categoría de Cuento.
