Columnistas

Fingir sobre el cambio climático

Debemos alejarnos de una respuesta al calentamiento global fundamentada en promesas conmovedoras, pero incumplibles en cuanto a alcanzar la carbono-neutralidad.

STANFORD – Alrededor de todo el mundo, cada vez más y más países, así como regiones, prometen dejar de emitir dióxido de carbono en el futuro. La Unión Europea gana ovaciones de los activistas verdes por establecer el objetivo de llegar a convertirse en una región “neutral en emisiones de carbono” en el 2050. Varias ciudades, desde Adelaida hasta Boston y Río de Janeiro, anuncian objetivos similares, y Copenhague, incluso, señala lograrlo en el 2025.

Tales promesas deben ser recibidas con una saludable dosis de escepticismo. Por ejemplo, es probable que Copenhague no llegue a alcanzar su objetivo, aun después de gastar el doble del costo planificado para lograr convertirse en una “ciudad carbono neutral”. De hecho, podemos aprender mucho sobre cuán huecas son estas promesas (y, sobre cómo los gobiernos manipulan las cifras relativas a sus emisiones de carbono), al examinar la historia poco conocida de uno de los primeros países comprometidos con alcanzar el objetivo de cero emisiones.

Fue Nueva Zelanda. En el 2007, un año antes de dejar su cargo, la entonces primera ministra Helen Clark expuso su visión con respecto a que su país llegara a ser carbono neutral en el 2020. Las Naciones Unidas la aclamaron como una “campeona de la Tierra”. Sin embargo, reducir las emisiones de carbono no es tan simple como llamar la atención de personas e instituciones.

Las estadísticas oficiales más recientes muestran que las emisiones totales de Nueva Zelanda se situarán, en los hechos, en un nivel más alto en el 2020 del que se encontraban cuando Clark estableció su objetivo de descarbonización. Ha habido una “tendencia creciente” en las emisiones desde 1990, tal como el propio gobierno neozelandés lo admite. Sin embargo, las administraciones gubernamentales subsiguientes pregonaron, consistentemente, éxitos en el ámbito climático, apoyándose en lo que las evaluaciones acreditadas denominan, de manera caritativa, como “contabilidad creativa”.

En virtud del Protocolo de Kioto de 1997, Nueva Zelanda se comprometió a reducir sus emisiones a los niveles de 1990 en el período 2008-2012. Si bien esa fue una visión mucho menos ambiciosa que la expresada por Clark una década más tarde, el compromiso de Kioto aún exigía una significativa reducción de casi el 13 %.

Sin embargo, reducir las emisiones es tarea difícil, porque deja a los países en peor situación. Las emisiones son, en gran medida, subproductos de la productividad, y restringirlas implica costos más altos. Así que cuando llegó el período 2008-2012, las emisiones anuales de Nueva Zelanda, en realidad, aumentaron en más de un 20 % desde 1990. A pesar de eso, el ministro de Cambio Climático del país afirmó: “Nueva Zelanda cumple con el objetivo climático de Kioto”.

¿Cómo puede ocurrir esto? De 1990 al 2002, las plantaciones forestales privadas de Nueva Zelanda aumentaron en más de 1,4 millones de acres. Aunque no se plantan con fines climáticos, los árboles absorben dióxido de carbono. Nueva Zelanda negoció con éxito la inclusión de esta compensación específica en la contabilización de sus cifras generales sobre emisiones, equilibrando esmeradamente el aumento real. Por razones de seguridad, el país también compró muchas compensaciones extranjeras, incluidas unas altamente cuestionables originadas en Rusia y Ucrania.

Pero, los bosques en crecimiento también redujeron las emisiones de Nueva Zelanda en el año de comparación, es decir el año 1990. Actuando con mayor honestidad, si incluimos el impacto de los bosques y el uso de la tierra en las emisiones durante toda la etapa completa, es decir desde 1990 al ya mencionado período del 2008-2012, las emisiones netas del país durante esta etapa, en los hechos, se incrementaron aún más, llegando a aumentar en un 38 %.

Nueva Zelanda volvió a prometer reducir sus emisiones de aquí al 2020, a niveles que alcancen un 5 % por debajo de aquellos de 1990, objetivo que todavía se encuentra alejado en un 95 % del establecido anteriormente por Clark. Las emisiones reales en el 2020, en los hechos, llegarán a situarse un 23 % por encima de los niveles de 1990. Sin embargo, al continuar incluyendo el efecto bosque y las otras compensaciones remanentes de Kioto, el gobierno ya está proyectando que logrará su objetivo.

Esto nos deja dos lecciones. La primera, cuando se trata del cambio climático, lo importante es mostrarse como si se estuviese haciendo algo. Los países que logran esto pueden salirse con la suya en cuanto a la manipulación de datos.

El acuerdo climático de París del 2015 es un gran ejemplo. Los países hicieron un compromiso grandioso relativo a mantener el aumento global de la temperatura en un nivel que esté muy por debajo de los 2 °C por encima de los niveles industriales; sin embargo, todas sus promesas juntas suman menos del 1 % de lo que se necesita. Un nuevo análisis muestra que solo 17 países (incluidos entre ellos Argelia y Samoa) están cumpliendo sus compromisos, en la mayoría de los casos debido a que dichos países prometieron muy poco.

La segunda lección es que debido a que las reducciones honestas y profundas con respecto al carbono son asombrosamente difíciles de llevar a cabo, el logro de la carbono.neutralidad a corto plazo es una ambición hueca para casi todos los países.

Si se quita la prestidigitación estadística, Nueva Zelanda estará alejada de la visión de Clark sobre lograr cero emisiones en el 2020 en un enorme 123 %. La actual primera ministra, Jacinda Ardern, promete alcanzar la neutralidad en el 2050. Es decir, tres décadas más tarde, pero eso tampoco sucederá hasta dicho momento.

Un informe encargado por el gobierno realizado por el respetado Instituto de Investigación Económica de Nueva Zelanda (NZIER) muestra que reducir las emisiones para que lleguen tan solo a un 50 % de los niveles de 1990 en el 2050 conllevaría un costo de $28.000 millones de dólares neozelandeses (19.200 millones de dólares estadounidenses) anuales hasta el 2050. Para un país como Nueva Zelanda, con una población del tamaño de la de Irlanda o Costa Rica, es un monto de gran importancia, similar a aquel que hoy el gobierno gasta en la totalidad de su sistema de educación y cuidado de la salud.

Ese es únicamente el costo de llegar a mitad de camino en el logro del objetivo de carbono-neutralidad. Según el informe de NZIER, hasta el año 2050 costará más de 85.000 millones de dólares neozelandeses cada año, o puesto de otra forma, el 16 % del PIB proyectado hasta el 2050. Eso es más que el presupuesto nacional total que el año pasado se destinó a seguridad social, bienestar, salud, educación, Policía, tribunales, defensa, medioambiente y todas las demás partes del gobierno combinadas. El informe dice que los neozelandeses tendrían que aceptar un impuesto al carbono de casi $1.500 dólares de Nueva Zelanda. Eso es equivalente a un impuesto a la gasolina de 3,50 dólares neozelandeses por litro.

Otros países que apuntan a la descarbonización enfrentan costos que llevan a la desolación y lágrimas. Los principales modelos económicos que evalúan el plan de la UE para reducir las emisiones en “tan solo” el 80 % hasta el 2050, muestran costos promedio de $1,4 billones anuales. El compromiso de México de reducir las emisiones en un 50% hasta el año 2050 probablemente costará entre el 7 % y el 15 % del PIB. Los activistas del cambio climático pueden aplaudir hoy, pero estas políticas se abandonarán cuando los votantes comiencen a sentir el dolor.

Debemos alejarnos de una respuesta al cambio climático fundamentada en promesas conmovedoras, pero incumplibles en cuanto a alcanzar carbono-neutralidad. En lugar de forzar el despliegue y lanzamiento de energías verdes que son hoy ineficientes, los gobiernos deberían invertir mucho más en investigación y desarrollo para abaratarlas en el futuro. Las promesas que hacen que las personas se sientan bien sobre sí mismas son acciones políticas fáciles; pero, en los hechos, no ayudan al planeta.

Bjørn Lomborg, profesor visitante en Copenhagen Business School, es director del Copenhagen Consensus Center. Los libros de su autoría incluyen: “The Skeptical Environmentalist, Cool It”, “How to Spend $75 Billion to Make the World a Better Place”, “The Nobel Laureates’ Guide to the Smartest Targets for the World”, y, más recientemente, “Prioritizing Development”. © Project Syndicate 1995–2019