Si mi aritmética no me engaña, ya va para tres años que comencé a escribir esta columna.
Con tal de hacerlo sin faltar al compromiso, he procurado mirar con mayor cuidado los acontecimientos de este período, pero sin la intención de referirme siempre directamente a ellos.
Más bien, los he tomado como caldo de cultivo para comunicar menos mis certezas, que casi no las tengo, que mis dudas, inquietudes y perplejidades. No quisiera incurrir en la soberbia del que tiene un martillo y todo le parecen clavos.
Desde luego, no soy apto para juzgar con los ojos del especialista, que reúne información, escruta y trasmite imparcialmente sus conclusiones; aunque me cuesta creer que sea así, porque como se ha escrito con buen criterio, la imparcialidad de la historia no es la del espejo, que solo reproduce los objetos. Esto me inhibe, las más de las veces, de hacer afirmaciones concluyentes, con el defecto de ser ambiguo.
Por otra parte, resulta casi una muletilla repetir que vivimos en tiempos de incertidumbre, y que, por decirlo coloquialmente, aquí y afuera, en todas partes, estamos yendo al buen tuntún, empujados por tirios y troyanos, por los buenos y los malos, en dirección a territorios desconocidos.
Además, me parece que predomina en la generalidad de los actores de la escena pública, públicos y privados, un ánimo pendenciero, como si desertaran de la política democrática y se pasaran a lo que alguien ha llamado política descompuesta.
Cierto escritor dice que en la vida de todo ser humano hay secretos que podrían llevarlo a la cárcel o al patíbulo. Confesaré uno. En mi época de liceísta, tomé prestado un libro que jamás devolví. Lo peor del caso es que ahora mismo no tengo intención de hacerlo.
Se trata del primer tomo de la Historia de los girondinos, de Alfonso de Lamartine. A veces le echo una mirada de aficionado, pensando que esta clase de libros tienen un poco de augures. Comienza así: “Me propongo escribir la historia de un corto número de hombres, que, arrojados por la Providencia en medio del más grande drama de los tiempos modernos, resumen en sí las ideas, las pasiones, las fallas y las virtudes de una época…”.
¿Qué se dirá en el futuro de los “hombres providenciales” del presente cuando finalmente se aclaren los nublados del día?
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.