
Vale la pena recordar que las dos guerras mundiales del siglo XX –tanto la de 1914-1918 como la de 1939-1945– tuvieron, en un principio, su origen en rivalidades intraeuropeas que se mundializaron progresivamente a medida que, por las alianzas imperantes, se incorporaron otros países como Japón, el Imperio otomano o Estados Unidos.
En ambas guerras, la intervención de la gran potencia americana fue decisiva para inclinar la balanza en favor de sus aliados: la Triple Alianza, durante la Primera Guerra Mundial, y los enemigos del Eje, durante la Segunda.
Las guerras del siglo XX han sido las más mortíferas que registra la historia: entre 15 y 22 millones de muertos durante la Primera, y entre 70 y 85 millones durante la Segunda, incluyendo, en ambos casos, civiles y militares.
Si bien durante la Segunda Guerra Mundial tuvieron lugar combates importantes en Asia y en el norte de África, la confrontación armada en el teatro europeo, desde los Pirineos hasta los Urales, fue la más letal. El resultado fue la destrucción casi total de la infraestructura europea. Como consecuencia de las guerras, los países europeos pasaron de ser potencias industriales cuyas poblaciones tenían niveles de vida aceptables para la época a países pobres y poblaciones hambrientas.
Una vez restablecida la paz, Estados Unidos, en su competencia con la Unión Soviética por la supremacía mundial, decidió, por un lado, financiar la reconstrucción europea y, por otro, asumir la defensa de Europa. Creó la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), con objetivos tanto defensivos (ante una posible invasión soviética) como disuasivos de una escalada de cualquier pugna intraeuropea. Alemania fue admitida en la organización en 1955, sellando así la reconciliación en el Viejo Continente.
Durante toda la Guerra Fría, Europa vivió amparada por la protección militar estadounidense. Sus presupuestos y, sobre todo, la ayuda estadounidense fueron destinados a financiar no solo la reconstrucción, sino también los incipientes Estados de bienestar, dentro de la lógica de competencia entre la Unión Soviética y Estados Unidos, con el fin de mantener a los países de Europa Occidental firmemente anclados en el campo capitalista.
La disolución de la Unión Soviética y la desaparición del bloque socialista, en 1989, inauguraron un periodo de gran euforia en Occidente. Se concibió como el triunfo del capitalismo y la oportunidad de globalizar la democracia liberal. La posibilidad de conflicto armado aparecía muy remota en una era de mundialización acelerada.
Naciones Unidas organizó en esos años una serie de conferencias internacionales en las que el conjunto de países buscaba soluciones a problemas sociales: pobreza, discriminación, deterioro ambiental. Ingresaron a la OTAN los países de Europa oriental, exaliados de la URSS, y los países bálticos, antiguos federados de Rusia. Los países europeos modificaron sus doctrinas de seguridad y muchos adoptaron el concepto de seguridad humana como eje central de su defensa.
El caso de Washington fue diferente, ya que, de acuerdo con la doctrina de seguridad imperante en esos años, debía mantener su primacía mundial y la coherencia del sistema internacional en la que esta se sustentaba. Fue una época de desarrollo acelerado de sus factores de poder blando, pero no abandonó tampoco el desarrollo de su poderío militar. El periodo de la posguerra fría se prolongó hasta la segunda presidencia de Trump.
EE. UU. ha dejado de ser la única superpotencia. El auge de China como potencia global ha sido una constante desde la presidencia de Deng Xiaoping, pero tal vez la señal más clara de que entrábamos en una nueva era fue la invasión rusa de Crimea y su posterior anexión por parte de Rusia en 2014. Si bien tanto Washington como las capitales europeas condenaron sin ambages las acciones de Moscú, los costos para Putin no fueron tan decisivos como para hacerlo cambiar de rumbo. La guerra se prolongó en el Dombás y culminó con la incorporación de las repúblicas de Lugansk y Donetsk a la Federación Rusa y con la invasión a gran escala de Ucrania en 2022. La guerra continúa.
Los acontecimientos antes descritos y la actitud ambivalente de Trump con respecto a la OTAN han convencido a los europeos de la necesidad de recuperar una capacidad defensiva autónoma, prescindiendo de la protección estadounidense.
Con la llegada del presidente Trump y de la coalición de poder que lo respalda, la doctrina de seguridad de Estados Unidos ha cambiado radicalmente. Estados Unidos ya no es el principal proveedor de bienes comunes universales y se convierte poco a poco en el gendarme transaccional que cobra por sus servicios, ya sea en forma de alineamiento, de aranceles o de servicios financieros y tecnológicos.
En un futuro próximo, el rearme europeo será un hecho. Esperemos que no resurjan las rivalidades y que el gran proyecto de Unión Europea se mantenga y se fortalezca.
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Cristina Eguizábal Mendoza es politóloga.
