
Cuando uno analiza las cifras económicas de un país, debe tener cuidado de no caer en la trampa de los promedios. Esta es como mirar la temperatura promedio de Canadá y decidir llevar solo un suéter: en invierno, uno podría morirse del frío y en verano, asfixiarse de calor. Lo mismo ocurre con la economía: los promedios muchas veces esconden más de lo que revelan.
En los últimos días, nos hemos dado a la tarea de analizar los principales indicadores económicos anuales de los últimos 14 años. Nuestro objetivo es simple: abrir los ojos ante una realidad que a veces podría verse más bonita de lo que realmente es.
¿La economía crece más? Sí
El PIB está creciendo más que antes de la pandemia, aunque sigue por debajo del ritmo que mostraba a inicios de siglo. Pero hay un detalle incómodo: el país genera más bienes y servicios, pero a la gente le queda menos en el bolsillo. ¿Por qué? Porque gran parte de este avance proviene del régimen de zonas francas, que ha pasado de representar un 6,1% del PIB hace 14 años a casi un 15% hoy. Mientras tanto, la economía doméstica muestra un crecimiento modesto, cercano al 1,4% interanual, frente a un ritmo de casi 11% en las zonas francas. Estos contrastes dejan claro por qué los promedios a veces confunden más de lo que aclaran.
Lo que realmente importa para las familias es el ingreso disponible (pues es mejor medida de su capacidad real de gasto), y aquí, las señales son preocupantes. La brecha entre la expansión de la economía agregada y los ingresos de los hogares se sigue ampliando. Dicho de otro modo: Costa Rica produce más, pero ese mayor volumen no se traduce en mejores ingresos para la mayoría de los ciudadanos. Esto explica por qué, pese a un crecimiento del PIB del 4% en el primer trimestre de 2025, el consumo privado apenas avanzó cerca del 2%.
¿Hay más empleo?
Si bien la tasa de desempleo ha bajado, hay que tener cuidado en solo mirar ese indicador. Juzgar el mercado laboral solo por esa cifra es como evaluar un matrimonio por la foto del aniversario: aunque puede parecer que está bien, no cuenta toda la historia. Para ejemplo, a pesar de la baja tasa, desde enero, se han perdido más de 27.000 empleos, según la Encuesta Continua de Empleo del INEC. Muchos de los nuevos empleos han sido en el sector informal. Es decir, trabajos que no cotizan, no tienen estabilidad y desaparecen fácilmente en épocas de bajo crecimiento.
Además, en nuestro mercado laboral hay dos señales importantes que poco se discuten, pero mucho preocupan. Primero, la tasa de ocupación ha caído en la última década, lo que indica que una proporción cada vez menor de las personas en edad de trabajar lo está haciendo. Segundo, la tasa neta de participación laboral bajó de 61% en 2011 a 54,5% en 2023. Esto puede deberse a falta de oportunidades, desánimo o problemas estructurales más profundos. En pocas palabras, cada vez se subutiliza más la capacidad de la fuerza de trabajo. Es decir, no utilizamos todos los recursos que podríamos estar utilizando para producir más.
¿Fiscalmente estamos mejor?
Las cifras fiscales han mejorado: el déficit financiero ha bajado y la deuda como porcentaje del PIB está por debajo del 60%. Si uno fuese una agencia calificadora, la tarea está hecha y vale una palmadita en la espalda. Pero estos resultados tienen una letra pequeña: la mejora se logró a costa de recortar el gasto social, pasándoles así la factura a los más vulnerables y a una reducción significativa en la inversión en infraestructura.
El gasto en salud, educación y atención a la pobreza ha caído de casi 24% del PIB en 2022 a cerca del 20% en 2024. Si bien las cifras fiscales están mejor en el papel, esta reducción del gasto podría ayudar a explicar por qué los homicidios y la inseguridad están aumentando tan fuertemente. Un país que deja de invertir en su sociedad se convierte en terreno fértil para la exclusión, el resentimiento y la violencia.
La realidad del país es dura y los datos lo confirman. Desde 2022, se han recortado más de 100.000 becas del programa Avancemos; por otra parte, la inversión en infraestructura pública ha caído a una cifra cercana 1,5% del PIB, un nivel históricamente bajo. Aunque la reducción de la pobreza es una noticia positiva, la verdad es que miles de personas dejaron de ser pobres únicamente al superar el umbral por unos cuantos colones.
¿La economía está estable?
Tan estable como una piedra. La inflación no se mueve, el tipo de cambio tampoco… y la economía doméstica, menos. Es cierto que la política monetaria logró estabilidad en el tipo de cambio y la inflación, pero no siempre la estabilidad macro significa alivio en la mesa de los hogares.
La apreciación del tipo de cambio no abarató el arroz ni los frijoles. Lo que se volvió más barato fueron los bienes y servicios importados que consumen, principalmente, los dos quintiles más altos de ingreso de la población.
El Banco Central parece tener dos obsesiones: mantener la inflación pegada al 0% (muy lejos de su propia meta del 3 %) y contener el tipo de cambio alrededor de 500 colones por dólar. Basta ver la reciente solicitud de crédito con el FMI, pese a que el país no enfrenta problemas de balanza de pagos, para entender que la inamovilidad cambiaria es la verdadera prioridad. Mientras tanto, la meta explícita de inflación queda en el papel; los últimos dos años confirman que alcanzarla no le quita el sueño al Banco.
En el fútbol, cuando un equipo no cumple sus metas, los cambios en la dirección técnica suelen ser inevitables. Uno pensaría que, en la política económica, algo de eso se podría ver. Después de todo, a Guima lo cambiaron por menos.
El problema de tener todo tan “estable” es que los salarios no se ajustan, los precios de las empresas tampoco, y eso lleva a una demanda interna débil. Terminamos atrapados en un círculo en el que el perro se muerde la cola. Queremos crecer más, pero las condiciones financieras lo limitan.
Entonces… ¿estamos tan bien?
La economía no está en crisis, pero tampoco está para medallas. La violencia, la inseguridad y la falta de oportunidades laborales van en aumento. Eso debería hacernos reflexionar sobre si realmente el panorama es tan positivo como sugieren algunas cifras. Por algo, la gente está más endeudada, más frustrada y más enojada.
Conviene tenerlo claro: no estamos tan bien como algunos proclaman, ni tan mal como otros advierten. La economía costarricense, incluso en un contexto internacional complejo, podría estar creciendo más y generando más oportunidades. El problema es que, si seguimos limitándonos a ver solo los promedios, corremos el riesgo de ignorar tanto los desafíos como las verdaderas oportunidades que el país enfrenta. Si más bien estudiamos los detalles, llegamos a la conclusión de que no todo lo que brilla es necesariamente oro.
dortiz@cefsa.cr
Luis Liberman y Daniel Ortiz son economistas.