
En estos días, casi todo mundo parece tener una verdad en el bolsillo. La mía, la tuya, la de ellos, la de aquellos, la institucional, la técnica, la política y, para cerrar con broche de autoridad, “la verdad verdadera”. La frase se pronuncia con una seguridad que asombra. No se ofrece como posibilidad, argumento ni conclusión provisional. Se pone sobre la mesa como quien pone la piedra de Aserrí: enorme, pesada, definitiva.
Lo vemos a diario en conversaciones familiares, reuniones de trabajo, redes sociales y chats entre vecinos o colegas. Las muletillas se multiplican, saltan aquí y allá: “la verdad es que…”, “lo cierto es que…”, “en realidad…”. Es claro que la mayoría de las veces son recursos del habla, pequeños apoyos para ordenar una idea. El problema aparece cuando la muletilla deja de ser eso y se convierte en una afirmación. Entonces, alguien asevera sin titubeo: “Esta es la verdad”. En ese momento, se pretende que la complejidad del mundo encaje intacta en una consigna, una captura de pantalla o una cadena de WhatsApp.
Me ocurrió recientemente en un chat de profesionales en el que se discutía el proyecto de Ley de Armonización del Sistema Eléctrico Nacional, expediente 23.414. Alguien compartió un documento y lo presentó como “la verdad”. Por un momento, me sacó de balance. Allí, más que el tema eléctrico –ya de por sí delicado–, lo que me inquietó fue otra cosa: la facilidad con que hemos aprendido a confundir convicción con certeza, información con comprensión, y opinión con criterio.
Es que la distinción importa. Opinar es emitir una posición: legítima, necesaria, humana. Pero el criterio exige algo más: lectura, contraste, duda, datos, contexto y cierta humildad intelectual. Por eso, no es lo mismo decir “yo pienso” que decir “yo creo”: creer no es una simple ocurrencia, sino una convicción trabajada. Creer, en ese sentido profundo, implica hacerse cargo de las razones que nos sostienen y de las evidencias que podrían corregirnos. Aun así, podría no ser la verdad.
Además, la verdad no se posee como se tiene una finca o un título académico. La verdad se busca, se aproxima y se contrasta. Se defiende con argumentos y se revisa cuando la realidad –o algo muy parecido a ella– la desmiente. En ciencia, lo sabemos bien: ninguna afirmación seria se vuelve verdadera porque alguien la pronuncie con voz firme. Requiere observación, método, revisión, discusión entre pares y apertura a la refutación. La verdad científica no es frágil porque cambie; cambia precisamente porque intenta no ser dogma.
Ahora bien, entre el dogma de “solo yo tengo la verdad” y la resignación de “cada uno tiene la suya”, existe un espacio democrático indispensable: el del desacuerdo razonado, la búsqueda compartida y la posibilidad de corregirnos sin humillarnos. También hemos de tener claro que no toda afirmación tiene el mismo peso. No es lo mismo un dato comprobado que un rumor presentado con cierta elegancia –o incluso sin ella–. No es lo mismo un criterio informado que una sospecha envuelta en indignación (una trampa populista).
El peligro comienza cuando quien cree poseer la verdad deja de ver al otro como interlocutor y empieza a verlo como un estorbo. Allí nace el maniqueísmo: de un lado, los lúcidos y moralmente superiores; del otro, los ignorantes o manipulados. Esa división es cómoda, pero terriblemente peligrosa. Porque cuando el otro deja de ser alguien con quien debatir con argumentos –ojalá empíricos– y se convierte en alguien a quien debo derrotar (porque lo importante es vencer mas no convencer), la conversación pública se degrada en un combate moral.
A esto se suma, por si fuera poco, la posverdad: esa niebla espesa en la que los hechos pesan menos que las emociones que despiertan. No importa tanto qué ocurrió, sino qué relato me indigna, me confirma o me moviliza. Cuando cada grupo fabrica su propia versión autosuficiente del mundo, la sociedad pierde algo más grave que una discusión: el espacio compartido en el que es posible tomar decisiones colectivas.
Buscar la verdad en medio de tanta narrativa exige paciencia y meticulosidad. Hay que mirar con atención lo que a simple vista parece claro; mucho más, lo que no. Separar la contaminación del hallazgo y distinguir el ruido de la señal. Preguntarse quién habla y desde dónde, qué datos ofrece, qué omite y qué evidencia independiente permite confirmar o matizar lo que se afirma.
La democracia necesita ciudadanos con opinión, sí; pero, sobre todo, necesita ciudadanos con criterio. Personas capaces de decir: “Esto pienso, pero puedo estar equivocado”, “esto creo y estas son mis razones”, “esto no lo sé; debo estudiarlo mejor”. Esa modestia no debilita la participación pública. La ennoblece y engrandece.
La verdad no es una propiedad individual ni debería administrarse como un monopolio moral. Estamos obligados a buscarla con honestidad, especialmente cuando nuestras palabras pueden influir en los demás.
Pienso que cuando alguien declara “esta es la verdad” sin haber hecho el trabajo de sustentarla, más que la verdad, lo que queda es ruido, soberbia y, muchas veces, manipulación.
juan.romero.zuniga@una.ac.cr
Juan José Romero Zúñiga es médico veterinario, epidemiólogo y académico investigador en la UNA y la UCR. Ha publicado múltiples artículos científicos en revistas internacionales.
