Dorelia Barahona. 4 febrero

Quédense quietos un momento y miren a su alrededor. La realidad está compuesta de muchos elementos gratuitos. Si están en un lugar donde creen que eso no ocurre, muévanse un poco, salgan y vean el espacio, el cielo, el movimiento de los cuerpos caminando o corriendo, los árboles con su sistema de vida, el ritmo del corazón, la agilidad de la mente al codificar toda la información, la complicidad de todos los órganos funcionando y, por supuesto, los ojos con que lo vemos.

La lista debería incluir el aire, el agua, el calor cuando se necesita, o la frescura cuando hay sofoco. Un espacio para movernos y la salud, por supuesto, cuando nacemos con ella, así como la libertad de emocionarnos, es parte de lo que pensamos sigue sin tener precio. Pero no es así.

Ser felices todo el tiempo a pesar de la soledad, la precariedad y el duelo, da más ganancia.

Simulación de lo gratuito. Aunque lo gratuito siga existiendo, a pesar de los sistemas económicos que siglo tras siglo han ido redondeando una actividad humana alrededor del consumo (no hay más que ver a los animales con sus tiempos de comida, siesta, supervivencia y juego para recordar que no hemos dejado de ser parte de la gratuidad del reino animal), cada vez es más invisible su existencia en la vida.

Empezamos a sacar ganancia de lo acumulado y nos gustó. Nos volvimos adictos de la entelequia del dinero como ratones girando en una rueda siempre esperando qué ofrecer a la venta para ser consumido.

Entonces, encontramos que copiar los dones de lo gratuito produce enormes ganancias y nos apropiamos de nosotros mismos: copiar las emociones como el amor y el goce dan ventas seguras, reproducir olores naturales, sensaciones hormonales de atracción y energía, experiencias de relajamiento y tranquilidad, ni hablar, y es cierto, funciona.

Compramos olores de la naturaleza simulados cuando ahí está, frente a nosotros de manera gratuita, pero es más fácil no cuidarla, simularla y comprarla. Tiendas con olor a césped cortado, pan recién horneado, mar y bosques son solo el inicio.

Compramos experiencias que simulan la fuerza con suplementos alimenticios cuando la fuerza esta ahí empujando, trasladando, arando, martillando, construyendo, pero es más fácil no cultivarla, simularla y comprarla. Inflarnos y desinflarnos como palomitas de maíz.

Otras compras. Compramos el amor en perfumes, ropa, implementos, películas, servicios, cuando el sentimiento es gratuito, si se tiene la posibilidad de dar y recibir más allá del ego, el narcisismo y el infantilismo de estos tiempos que nos mantiene en cajitas de regalo separados.

Compramos todo un set de ropa, alfombrita y botellita para relajarnos, cuando nada de eso se necesita para relajarse, como lo hace la gente de los países donde se ha practicado ese tipo de meditación desde hace siglos, o donde la flor espera a ser cultivada, por más pequeño que sea el espacio en su jardín, o la cortina por ser remendada, o el mueble por ser lijado y barnizado.

Compramos terapias y celebraciones ante la avalancha de lo pasajero, de lo eventual de tanta noticia en medios y redes, que nos demandan a postear siempre actividades, temporalidades, novedades, como prueba de que existimos y seguimos en la tómbola, cuando lo que en realidad nos demanda la mente es, paradójicamente, la estabilidad de lo gratuito.

No se compra la capacidad de superar las pruebas de la vida porque es una capacidad que se aprende de manera gratuita, con tiempo, y, por supuesto, muchas veces no es disfrutable. No se compra la capacidad para discernir porque esta se educa con la experiencia.

No se compra la capacidad para observar y detenerse porque quien vive consumiendo no observa ni se detiene. No se compra la capacidad para imaginar porque quien no comprende, sintetiza y reedita los objetos y los valores que se tienen sobre ellos, no elabora pensamiento simbólico. No se compra la capacidad de sublimar, de posponer o administrar las emociones, porque quien lo tiene todo, o quien no tiene nada, difícilmente puede hacerlo, a excepción de lo mostrado en los cuentos y películas románticas.

Simulaciones. La mente trabaja sin goce de salario, y a excepción de cuando está en coma o drogada, siempre traduce el mundo, lo mide, evalúa y crea diseños para el futuro.

Cada vez son más los inventos que se crean a partir de las investigaciones sobre su funcionamiento y todos parten de la simulación de sus capacidades para reproducirlas, alterarlas o suprimirlas.

La simulación de lo gratuito sube en la bolsa de los inversionistas. Las casas farmacéuticas y las compañías de servicios han encontrado una mina de oro en comprar información sobre cómo pensamos, deseamos y tomamos decisiones. El sexo y la religión siguen siendo los focos de compra mayores.

Ser atractivos para muchos, en rango y género, da más ganancia. Ser devotos de más iglesias y cultos sociales, da más ganancia también. Ser felices todo el tiempo a pesar de la soledad, la precariedad y el duelo, da más ganancia. Compramos pastillas, compramos cultos, compramos identidad siempre sexy hasta el infinito y más allá, en un afán por vivir más, sin detenernos frente al espejo.

El reflejo de nosotros en el espejo, ¿a quién se parece? ¿Al manipulado o al consciente? ¿Al que escucha el silencio o al que no escucha el ruido?

La autora es escritora.