
“Ocurrió una vez en un teatro que se prendió fuego entre bastidores. El payaso acudió para avisar al público de lo que ocurría; creyeron que se trataba de un chiste y aplaudieron. Aquel lo repitió y ellos rieron aún con más fuerza. De igual modo, pienso que el mundo se acabará con la carcajada general de amenos guasones creyendo que se trata de un chiste”, nos previene Kierkegaard en O lo uno o lo otro.
Las cosas hace tiempo que no marchan bien. Empero, en un lugar profundo, sagrado y apenas acariciado por la duda, siento que pueden mejorar. No se trata de cobijarse bajo el mismo signo zodiacal ni tampoco de pronunciar la frase más romántica sobre la democracia. Se trata, más bien, de hacer aquello que María Zambrano entendía por hacer política: no estar en uno u otro partido laborando por el bien personal, sino esforzarse con lo mejor de uno mismo para el bien común.
Hemos de rescatar, antes que todo, que la sociedad democrática es el clima más propicio para la realización del ser humano como persona. Y así, para que las cosas mejoren, no hay necesidad de destruir todos los significantes del orden antiguo.
Sucede que, cuando alguien quiere erigirse en amo, hace mucho ruido. Son personas que temen tornarse en una especie de fantasmas, en personajes secundarios. Demandan ocupar todo el espacio; no dejan hablar ni escuchar. Precisan del ruido para que nada más se escuche, para convertir en más barullo cualquier disidencia.
Gabriel Giorgi identifica en el ruido uno de los signos distintivos de nuestro tiempo, al describir “eso antipolítico y antidemocrático del ruido y de su capacidad de aturdimiento”. La estridencia constante, la vociferación agresiva y la amplificación de mensajes vacíos ocupan hoy el espacio público con una violencia progresiva.
Ese exceso de ruido no solo ensordece, sino que también dificulta la reflexión, confunde y desordena la vida social. El aturdimiento se convierte en una forma de impedir el pensamiento. Así, el barullo deja de ser un simple fenómeno auditivo y pasa a convertirse en una experiencia de desorientación colectiva.
Para Giorgi, esta lógica del ruido posee una dimensión política precisa: constituye una estrategia cada vez más frecuente de las nuevas derechas para erosionar el debate democrático y sustituir la deliberación por el impacto emocional.
Todo ese ruido está cargado de conspiraciones, de enemigos poderosos y de rencores mal elaborados, nociones que les abren la puerta a las tentaciones totalitarias. Por esa línea, el odio y la venganza son rápidos cementos.
Por consiguiente, a más obediencia y servidumbre respecto de la imagen de un amo, menos posibilidades de escuchar a otro y menos posibilidades de pensar. Qué oportuno –para alguien que ejerce a veces como un pastor, a veces como un padre adoptivo, a veces como un salvador y siempre como alguien cuya palabra es puro ruido– que un pueblo pierda su capacidad de pensar.
“Es terrible que el pueblo pierda el miedo”, advertía el filósofo Baruch Spinoza. Al disminuir el miedo a un peligro real, como, por ejemplo, una dictadura, toda seguridad excesiva estimula la vanidad y la propensión a satisfacer el propio interés en detrimento del ajeno. De ese modo, se arriesgan los pactos colectivos de unión y solidaridad.
Sabemos que cada sujeto, inmerso en la historicidad, vive la realidad de acuerdo con la única forma en que puede hacerlo: la de su “realidad psíquica” (neurótica, psicótica o perversa), y es en función de esto que va ocupando lugares y roles en la cultura en la que vive y padece.
Es espeluznante que una cultura pueda producir, entre otros, sujetos con estructuras mentales que no son de ciencia ficción y que van a ocupar, de acuerdo con su realidad psíquica, algún rol en las más virulentas formas de fanatismo, agitación y destrucción.
No hace falta crear un robot cuando un sujeto genera una estructura cuya característica fundamental (fundamentalista) es la rivalidad imaginaria de exclusión (él o yo / nosotros o ellos), donde hay lugar para uno solo. Sujetos que funcionan con la certeza de que son “elegidos” y viven su origen y su destino como la respuesta a un deseo loco, como, por ejemplo, autodesignarse “el dueño de Costa Rica”. Lo cual, sabemos, es mucho más que obsceno: es directamente vejatorio.
Al mismo tiempo, es imperdonable proponer la instauración de una dictadura en nuestro país. Imperdonable no significa, en este caso, que no se puede perdonar, sino, más bien, que no se debe perdonar, que es algo que no merece indulgencia.
En su forma más pura, permitir que en nuestro país se instale el terrorismo de Estado es como tirar leche de un comedor escolar: no existe pecado peor.
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Carolina Gölcher es psicóloga y psicoanalista.
