
Parece que damos tumbos, que nos hemos perdido en zonas grises, en sedimentos de barro de olla que no nos dejan llegar a otros bordes desde donde podamos seguir elaborando las bases de una convivencia justa y a la vez contemporánea.
Con esto me refiero a las cuestionadas nuevas prácticas surgidas en redes y con el uso de la IA en el campo del arte y, específicamente, en la literatura, a donde hemos visto la aparición casi instantánea de cientos de autores, de cientos de libros y textos misteriosamente creados a ritmo de tambor. Un ritmo demasiado rápido si medimos lo que se tarda en imaginar, estructurar, escribir, corregir y volver a reescribir. Así también lo dice la IA:
“Un escritor de oficio de novela de ficción literaria tarda un promedio de dos a cinco años. A diferencia de la literatura comercial o de género, este tipo de obras prioriza la experimentación lingüística, la profundidad psicológica y el peso temático sobre la velocidad de la trama, lo que extiende drásticamente los tiempos de producción".
Por supuesto que hay genios, pero como ven, escribir es trabajo cuando no se trata de literatura genérica (la que se escribe con lenguaje estándar para mostrar, convencer o vender), y creo conveniente aclarar ciertas diferencias porque hay un límite que separa la estética del plagio, como una parte del proceso creativo del arte conceptual, sea de pinturas o novelas, artículos, ensayos etc., del delito legal y el engaño ético.
Mientras el arte celebra la transparencia y la reinterpretación abiertamente convocada por el artista o autor, el plagio busca el beneficio propio ocultando la fuente original. La intención hace la gran diferencia.
El plagio oculta deliberadamente la transformación, fragmentación y la pura copia porque no se usa para utilizar en una parodia, una farsa, una crítica o para seguir un hilo argumentativo con fuentes reconocidas de uso educativo, como lo hiciera Borges en la ficción o como lo hacen los pensadores congruentes al crear nuevas ideas citando y reconociendo las fuentes existentes para rebatirlas o asimilarlas en el nuevo argumento.
El plagio cuando se oculta, nunca busca crear a partir de una reescritura consciente, su intención es generar ganancias sociales, estatus, calificaciones y derechos comerciales a partir de la apropiación de los otros y del ocultamiento.
Claro que la recontextualización no es plagio si pensamos en los dadaístas o surrealistas o el hipertexto como método creativo, lo es cuando no se añade ninguna capa nueva conceptual y queda como simple copia de copias o robo creativo.
La IA no puede ser autora de nada
Y apropósito de la IA, esta no puede ser autora de nada, lo hecho por ella pasará a ser parte del dominio público, según me dice ella misma, así que para que una persona registre una obra como suya, pero en realidad la hizo la IA, debe demostrar que ordenó, guió y editó de manera original y exhaustivamente todo el texto, más allá del 30% regulado en la academia como factor tolerado de creación hecha con IA contra el 70% hecho por los humanos.
Así que, aunque vaya en aumento el uso de la IA, el plagio y la falsa autoría, el artista autor o autora, como se ha descrito desde la antigüedad, deberá seguir existiendo emocionalmente unido a su obra para así crear una poética nueva.
Esa tercera vía de conocimientos perceptivos que mencionan los griegos y Freud, entre otros, como parte de sí mismos, de sus emociones, sensaciones e ideas que los detonan para crear obras, hijas de su psique y de su propia necesidad de expresión única, ante el pedazo de mundo que les toca vivir.
Gran diferencia con las creaciones hechas bajo el sello del producto, de la marca para la venta y del ser exitoso según el manual de la industria naranja, celeste o negra.
Por supuesto que lo popular no riñe con lo artístico y mucho menos lo artesanal que es claramente resultado de la vida social hecha sin industria.
Esta gran diferencia entre la estética del plagio y la legalidad de la copia considero que es lo que antiguamente llamábamos mala fe o buena fe y que obviamente es el resultado de la educación y el mal manejo de las ansias de estar in o estar out en la inconmensurable red de tendencias que nos diluyen en lo ético, tanto como en lo estético en estos días y nos hacen tener comportamientos derivados de esta presión como el más puro consumo cultural de lo fit o de lo fat.
Esto último lo digo como ejemplo de copia sarcástica de algunos términos actuales.
Dorelia Barahona es filósofa y escritora.
