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Hasta hace pocos años, la historia universal había producido dos tipos de muertos que no nunca mueren: los héroes de leyenda y los villanos bien bellacos. Ambos siempre dejan, por razones inversas, huellas imborrables en la memoria de los pueblos. Pues bien, en Costa Rica inventamos un tercer tipo de muertos que nunca mueren. Ciertas instituciones públicas deambulan desde hace décadas por ahí, sin arte ni parte, quizá porque es siempre feo liquidar algo o porque son, a su vez, producto de otro invento original nuestro: el ostracismo institucional (acto de excluir del aparato institucional sin liquidar). Báilenme ese trompo.








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