Jorge Vargas Cullell. 24 junio

Se nos está complicando mucho la situación del país en la segunda ola pandémica. Digamos que las cosas se han puesto color de hormiga: tardamos casi tres meses en sobrepasar los mil casos (29 de mayo), apenas 21 días más en llegar a dos mil (19 de junio) y, si seguimos al ritmo que vamos, tendremos tres mil dentro de muy poco.

Necesitamos ser mejores de lo que somos para, en circunstancias tan difíciles, encontrar una solución que preserve nuestra tradición democrática.

Hago una breve síntesis (parcial) del cuadro de situación. En los últimos días se han empezado a llenar las camas hospitalarias destinadas a la covid-19. Los nuevos focos de contagio no se limitan a la zona norte y emergen en los barrios populares de la capital. Ahí, habitan cientos de miles de personas, muchas de ellas sin posibilidades del #quedateencasa porque sus trabajos e ingresos lo impiden. (La pandemia desnudó las desigualdades sociales en el campo y la ciudad que el país ignoró por mucho tiempo y ahora esas desigualdades muerden).

Además, la segunda ola nos agarra en un momento distinto. En solo cuatro meses de emergencia sanitaria, las finanzas públicas han empeorado, drenadas por la atención de la covid-19 y la mitigación de sus efectos sociales. Es cada vez más difícil mantener las moratorias y ayudas sociales, pese a que muchos siguen requiriéndolas. Y, en una economía detenida parcialmente, con pérdidas de trabajo y riqueza, existen crecientes demandas para reabrirla, aunque se sabe que hacerlo acelerará la pandemia, como en Estados Unidos.

La voluntad de cooperación entre el Ejecutivo y el Legislativo se resquebraja, tanto por errores del gobierno como por los cálculos electoralistas de partidos opositores y las presiones de grupos de interés. Y, luego de una tregua social, empiezan a calentarse motores del conflicto. El anuncio de una negociación de un acuerdo con el FMI ha sido un trapo rojo para varios grupos: unos lo ven como la ansiada oportunidad para desmantelar el Estado empresario; otros, como el fin de nuestro estado de bienestar. Para terminar, segmentos importantes de la población han relajado las medidas de distanciamiento, creando nuevos riesgos.

Menudo rompecabezas por descifrar, uno, por cierto, del que no podemos escapar. Necesitamos ser mejores de lo que somos para, en circunstancias tan difíciles, encontrar una solución que preserve nuestra tradición democrática, nuestro espíritu innovador y abierto, y el compromiso con la equidad. ¿Difícil? Sí. ¿Posible? Espero y deseo.

El autor es sociólogo.