A las palabras se las lleva el viento, decimos cuando filosofamos sobre una promesa rota o juzgamos la ingenuidad de quien creyó en juramentos de lealtad o amor, reflexión que seguimos con un «fulano se fue de pollo», como sentencia final: el bruto no se cubrió las espaldas con una garantía a cambio.
«Póngalo en un papel y échele la firma», sería una recomendación lógica para curarse en salud. Sin embargo, tampoco es suficiente. Sabemos que «el papel aguanta lo que le pongan» y, por eso, hay un sistema de tribunales para dirimir conflictos de interpretación o cumplimiento de acuerdos escritos.
Entonces, ¿debemos pasar por la vida con las palabras —cualquier palabra— bajo sospecha? Traiciones ha habido siempre, hasta en las mejores familias, pero, aun así, la mayor parte de nosotros confía en un círculo de personas; creemos en lo que ellas dicen sin exigir a cada paso una hipoteca. De lo contrario, la vida social sería parecida al mundo que imaginó Thomas Hobbes: cruel, bruto y corto, una guerra de todos contra todos.
Pongámoslo así: la convivencia civilizada entre seres que desconfían de personas extrañas sería imposible sin una mínima dosis de confianza en las palabras ajenas, especialmente en las proferidas por esos extraños, aun cuando no haya garantías de por medio. Pero ¡qué problema! No podemos tirarnos en brazos de los demás y tampoco arrearles solo por abrigar sospechas.
Volvamos al mundo real: el mundo de los negocios disminuye el riesgo de las embarcadas mediante una compleja red de garantías: normas legales e instituciones, que requerimos funcionen razonablemente para que exista una buena probabilidad de castigo a los infractores de la palabra empeñada.
Empero, en la política democrática, ¿qué? Cuando un partido promete, no firma un contrato exigible con sus votantes. Incluso, si incumpliera, puede haber razones que lo exoneren, por ejemplo, circunstancias de fuerza mayor.
En política, pues, hay un alto e inevitable riesgo de traicionar la palabra empeñada. Como no hay garantías, lo único que podemos es evitar un mal mayor: dar el voto a demagogos y mentirosos de oficio. Para eso, hay que hacer la tarea y no creer con rumores y eslóganes; escrutar promesas, valorar su viabilidad y verificar la trayectoria de quien promete; razonar y organizarse para exigir lo prometido. ¡Se aproximan las elecciones del 2022!
El autor es sociólogo.