Hace cuarenta años cayó, tumbada por una revolución, la dictadura somocista, uno de los regímenes latinoamericanos más emblemáticos del siglo XX por su corrupción, caudillismo y saqueo de las riquezas de un país. Cuarenta años han pasado: toda una vida y, al mismo tiempo, un pequeño soplo en la gran historia de nuestra región.
Por un efímero momento, pareció que la revolución abriría las puertas a un mundo mejor para Nicaragua. No fue así, y ello derivó en una gran tragedia. Hoy, ese joven que fui es testigo, ya como veterano, de la entronización de una nueva dictadura que maneja el país como su finca personal, de la sangre que ha derramado y de la negación del sueño democrático en esa sociedad. Tantos muertos para que la historia diera una vuelta completa. Ortega es el neosomocismo.
No abundaré en esa tragedia porque ha sido examinada por muchos intelectuales en todo el mundo. Me interesa otra arista del aniversario, que se resume en una sola pregunta: ¿Por qué volvimos a (casi) lo mismo, pese a una revolución mediante?
En vista de los resultados, ¿será que, parafraseando el final de esa obra cumbre que es Cien años de soledad, los pueblos condenados a cien años de dictadura no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra?
Hace muchos años, una persona que fue comandante de la revolución me dijo, cuando le pregunté sobre lo que habría hecho distinto luego del triunfo contra Somoza: “Hubiese creado un Estado de derecho; al no hacerlo, nos podrimos muy fácil y muy rápido”. Es decir, la aspiración liberal más clásica reivindicada por un marxista.
Por más revoluciones que hagan, los pueblos quedan atrapados por las estructuras históricas del poder político y económico si, en el momento de la caída del régimen, la calidad moral y política del liderazgo emergente es pobre.
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En una coyuntura crítica, se necesitan líderes especiales, con una gran visión, conciencia y calidad moral. No hablo solo de una persona, sino de una élite. Únicamente si se cumple esa condición hay alguna probabilidad de romper con lo peor del pasado; una tarea titánica, pues este siempre intenta volver de mil maneras. Sin líderes así, la pelea está perdida desde el inicio.
Pienso en Nicaragua, sí, pero la reflexión es más general. En estos tiempos difíciles, que pintan cada vez más complicados, ¿hay en nuestro país un liderazgo capaz de cambiar el rumbo de nuestra historia?
El autor es sociólogo.