Jorge Vargas Cullell. 23 mayo, 2018

Hace apenas diez años y un suspiro, la Alternativa Bolivariana para los pueblos de Nuestra América, mejor conocida como el ALBA, se proyectaba continentalmente como el contrapeso de la influencia de los Estados Unidos y las políticas neoliberales del Consenso de Washington. Amparada en la diplomacia de un petróleo cuyo precio superaba los $100 dólares, Venezuela tejió una red de Estados clientes en el continente y, agresivamente, había arrinconado a las naciones latinoamericanas que no comulgaban con la doctrina del socialismo del siglo XXI.

A lo largo de los años, en los cuales el ALBA parecía incontenible, hizo muy bien Costa Rica en no arriar las banderas de la defensa de la democracia y la protección de derechos humanos

Lo de doctrina es mucho decir: era una colección de eslóganes que reciclaban al viejo latinoamericanismo, con escasa relación con alguna teoría del desarrollo adivinable y, menos, con una teoría del Estado. Muy dependiente, en cambio, de las ocurrencias del caudillo y sumo pontífice del ALBA, el señor Hugo Chávez.

Del ALBA no quedan hoy más que ruinas. Atrás quedaron las bravuconadas pomposas al estilo “la historia está con nosotros”. Son ruinas, sin embargo, trágicas. En Venezuela, el alma continental de la nueva era bolivariana, una dictadura cleptócrata sobrevive, enrocada en su soledad continental, mientras perpetra el mayor desastre económico y humanitario de la historia reciente en las Américas.

En Nicaragua, uno de los socios fieles, la dictadura sultanística de Ortega y su esposa se tambalea, acorralada por movimientos sociales de nuevo cuño, liderados por estudiantes, campesinos y grupos disidentes cada vez más amplios de la Iglesia y los empresarios. Aunque sobreviva, los sueños de una hegemonía indiscutida y permanente han quedado muy tocados.

Ecuador, pasado Correa, se distanció del grupo del ALBA; Argentina, superada la época de los esposos Kirchner, igual. Brasil, la potencia regional, valedor y retaguardia estratégica de Venezuela, está hundido en una profunda crisis política y moral. Uruguay, gobernado por una izquierda democrática, nunca comulgó con Chávez y Maduro.

A lo largo de los años, en los cuales el ALBA parecía incontenible, hizo muy bien Costa Rica en no arriar las banderas de la defensa de la democracia y la protección de derechos humanos. Nuestro país se mantuvo en sus trece: que ninguna propuesta de gobierno amerita vulnerar esos pilares.

Por eso, la intención de retirarse del Sistema Interamericano era un despropósito que, visto así, favorecía a las dictaduras agónicas. En nombre de Dios, eso sí.

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