Jorge Vargas Cullell. 6 noviembre, 2019

En un par de años, cumpliremos dos siglos de habernos independizado del Imperio español. ¿Aprovecharemos la celebración para hacer algo positivo? Hago la pregunta, pues, conociendo la tuza con que nos rascamos, es posible que aquí ocurra lo de siempre: carreras de último minuto para un festejo con fuegos artificiales, un par de libros por ahí y muchos discursos henchidos de fervor patrio, de esos que lo ponían a uno a dormir en los actos escolares.

¿Qué podemos hacer, aquí y ahora, y dadas nuestras circunstancias para que nuestro país dé un salto de calidad en desarrollo humano y democracia?

Solo habría algo peor que sufrir los rituales medio cocinados y, por cierto, no es quedarse sin hacer nada: sería organizar una actividad para “pensar la Costa Rica del 2050”. ¡Qué pereza! Ya imagino a todo el mundo pintando palomas en el aire, desatando su imaginación sobre el país que quiere. Un ideario más, canto al ejercicio vago de la especulación sin costo. Yo también quiero parecerme a Noruega en treinta años.

Concedo que el asunto no es precisamente de los que quitan el sueño por lo urgente. Sin embargo, 200 años no se los salta un chivo con garrocha y habría que empezar a planear, ya un poco apretaditos de tiempo, cómo usar productivamente esa celebración.

A mí me pone a pensar no tanto el “¿de dónde venimos?” como el “¿qué hacemos ahora?”. Convocar una reflexión colectiva, muy orientada a renovar el contrato social de nuestro país, con aportes de personas de distintas procedencias social y política, usando diversos métodos de consulta. ¿Qué podemos hacer, aquí y ahora, y dadas nuestras circunstancias para que nuestro país dé un salto de calidad en desarrollo humano y democracia?

Usar la celebración para crear un diálogo social y político sobre nuestro presente, pensando en que somos fiduciarios de una historia y albaceas de las generaciones futuras.

Sé que todos andamos más o menos consumidos por nuestros problemas inmediatos. La coyuntura nos tiene acogotados como, por lo demás, es natural. Uno vive siempre al día, pasito a pasito, pues los grandes planes a largo plazo a menudo se los lleva el viento. El “cada día a la vez” es una filosofía necesaria cuando se necesitan los pies bien puestos en el suelo; de paso, nos permite vibrar con los espectáculos que engalanan el diario vivir: la desarticulación de las organizaciones empresariales o la eliminación de fulanita del Dancing with the Stars, por lo demás, muy agradecida con Dios.

El 2021 es un año y un símbolo. La cuestión es: ¿Símbolo de qué?

El autor es sociólogo.