Rara vez encadeno un par de columnas sobre un mismo tema, pero, contra natura, hoy lo haré. El episodio de la reelección del magistrado Rueda dejó conclusiones que conviene tener muy presentes.
La más obvia es que el Legislativo se quiso pasar por el forro la independencia judicial. Varios diputados manufacturaron una crisis política, de feria en un momento inconveniente, cuando nos urge un clima de confianza para lidiar con los problemas gemelos de la economía y la implementación de la reforma fiscal. Quienes lideraron la carga fueron puntas de lanza, pero, como en todo truco, pienso que los titiriteros fueron otros, poderosas, pero sigilosas figuras.
¿Para qué? Creo que vieron la oportunidad de obtener cuotas de poder en la Corte. Quitar y luego poner a personas que “jueguen bola”. Como escribí en otra ocasión, la judicialización de la política hace que sea más valioso un magistrado que un diputado.
Me llamó mucho la atención el flojo papel del Poder Judicial. En esta ocasión, varios ahí decidieron jugar canicas en lugar de dar un claro mensaje a favor de la independencia judicial. Sindicatos apoyaron quitar a un juez para cobrarle sentencias; la Judicatura, a su vez, dio la nota con un silencio estruendoso y la Corte Suprema de Justicia, como instancia, no dijo ni mu. Hasta hubo casualidades indiscretas de magistrados con líderes de la maniobra legislativa.
De todo ello colijo que el Judicial experimenta una fuerte pugna interna que lo debilita y lo hace vulnerable a intentos por penetrarlo. Es una batalla para alterar el equilibrio en la Corte Suprema y, en particular, en la Sala Constitucional. Ahí mueven ficha actores políticos dentro y fuera de ese poder. Mal síntoma para nuestra democracia.
Lo de cuidado: hay cinco puestos vacantes en la Corte Suprema y son previsibles nuevas salidas por jubilación. En los próximos años, pues, el Legislativo remodelará la composición de la cúpula judicial. Como en principio, magistrado elegido aguanta mecha por un buen rato, la clave aquí es tener muy claro quién es el candidato y asegurar que sea el mejor. Sin embargo, es obvio que habrá toda clase de intentos por colocar magistrados a la carta.
Los métodos actuales de elección de magistrados favorecen esas maniobras. Hay que cambiarlos. No me refiero solo a que las votaciones sean públicas, sino a todo el proceso de valoración de candidatos. Estamos advertidos.
El autor es sociólogo.