
Hace más de 125 años, en 1899, Costa Rica estrenó su primer transporte colectivo: el tranvía eléctrico, un servicio que impulsó la modernización e, indudablemente, mejoró la calidad de vida de la población.
Para mi generación, la Z, resulta casi ficción escuchar las anécdotas de cómo nuestros padres disfrutaban de un agradable paseo a Limón o Puntarenas en tren. Son anécdotas que hoy suenan a utopías.
Hoy, trasladarse de un punto a otro en Costa Rica resulta un total dolor de cabeza, incluso si se viaja en la comodidad de un vehículo propio. Moverse de manera fluida por las carreteras no es la norma sino la excepción.
Si a usted, como yo, le toma tres horas diarias entre semana ir a su trabajo o lugar de estudio y regresar a la casa, déjeme ayudarle con el cálculo: estamos perdiendo 780 horas anuales. Eso equivale a casi 33 días; es decir, más de un mes transitando por la calle. En otras palabras, usted y yo perdemos la vida en el tráfico.
El ímpetu y visión que hicieron realidad el tranvía se oxidaron, no por voluntad de la gente sino por la incapacidad de nuestros gobernantes de ponerse de acuerdo en una solución. Si aún estuvieran vivos, ¿qué pensarían esos mismos costarricenses que miraban con optimismo el porvenir? Verían cuánto hemos retrocedido.
El actual servicio de trenes tiene horarios y rutas muy limitadas; muchos buses parecen estar a punto de desarmarse en pleno trayecto, y viajar en carro tampoco marca una diferencia significativa. Sea cual sea el medio de transporte, el resultado es el mismo: ineficiencia, ineficacia en el manejo de los recursos, pérdida de tiempo y una experiencia diaria marcada por el desgaste y la frustración.
Del próximo gobierno espero que finalmente tenga la voluntad, energía y visión para tomar una decisión que parece más que obvia: un sistema de transporte público moderno, eficiente, eficaz y articulado, que responda a las necesidades reales del país. Que no se nos esfumen cuatro años más.
Exijo además, que recuerden que construir más carriles sin invertir en un verdadero sistema de transporte público moderno y masivo, solo genera demanda inducida: más carros, más presas y los mismos problemas de siempre. Una opción más efectiva para viajar desincentivará que las personas saquen el carro, lo que disminuirá el tráfico.
Quiero que los buenos recuerdos de movilidad vuelvan a ser parte de nuestra realidad cotidiana. Quiero un país donde moverse no implique sacrificar bienestar ni horas de vida, donde el transporte público sea motivo de orgullo y no de resignación.
Recuperar esa visión no es un acto de nostalgia, sino una decisión urgente para construir el futuro que Costa Rica merece.
Josué Jiménez Ramírez es estudiante de Ingeniería Eléctrica.