Al acercarse el bicentenario de la independencia nacional, y a pesar de las oscuridades y confusiones éticas actuales –que no son nuevas y vienen de lejos– los costarricenses tenemos razones para celebrar y ser optimistas.
Cargados de luces y de tinieblas, falibles e imperfectos, no como ángeles ni como demonios, sino simplemente humanos, hemos construido una sociedad que es ejemplar en el contexto latinoamericano.
Sin disimular errores, injusticias, egoísmos corrosivos, vacíos morales y equívocas intenciones, sin renunciar a las correcciones y cambios radicales –que el país necesita con urgencia antes de caer en una pesadilla–, estimo necesario enfatizar los aciertos, el sentido común, la buena voluntad y la decisión de no ser esclavos de la dialéctica amigo-enemigo que tanto daño y sufrimiento causa.
El pueblo costarricense, durante casi doscientos años, ha hecho un esfuerzo permanente para concretar el principio olvidado de la Revolución francesa, el de la concordia en la diversidad (fraternidad), y en ese ímpetu reside el fundamento de sus aciertos, y la certeza de que la libertad es la única revolución permanente, porque a través de ella se acerca la hora de la igualdad, cuando todos los navegantes naveguen con remos de oro, y es ella el resorte de la historia, la razón por la cual cada persona y cada época trasciende sus límites, crea mejores realidades y encuentra la raíz de su evolución, el hilo conductor de su aventura, el sentido de sus esperanzas.
Esta apología de la libertad encuentra su validez en la experiencia histórica, y en los últimos años es motivo de descubrimientos y profundos diálogos en el ámbito de las neurociencias (Benjamin Libet, John Bargh, John-Dylan Haynes, Gerd Gigerenzer, Sarah-J.Blakemore, Pierre Magistretti).
Historia de méritos. Los senderos recorridos, en sus luces y en sus sombras no dejan lugar para la duda. Ahí están los méritos y viven alegrías inobjetables:
-En el siglo XIX se crearon instituciones señeras de cohesión social y se colocaron las bases iniciales del progreso en salud, educación, cultura, política, economía e inclusión.
-Entre los años 1900 y 1940 se intensificó la modernización y se dio vida a prácticas y organizaciones que conformaron una transformación social y económica, antecedente de la gran reforma social que tendría lugar en la década de los cuarenta.
-De 1940 a 1950 se produjeron cambios que aún hoy nos cautivan: el Seguro Social, el Código de Trabajo, el capítulo constitucional de las garantías sociales, la abolición del ejército, la promulgación de la Constitución Política de 1949.
-Entre los años 1950 y 1982 se consolidaron y expandieron las clases sociales medias, y se creó un entramado institucional público y privado de importancia clave en el desenvolvimiento nacional.
-La década de los ochenta conoció el inicio de la apertura comercial, recuperó buena parte de los deteriorados indicadores de bienestar, afectados por la crisis económica que había tenido lugar pocos años antes, y creó un nuevo liderazgo, centroamericano y global, en materia de pacificación regional, antimilitarismo e inteligencia de la paz.
-A partir de 1990 se profundizó en la apertura comercial y la desmonopolización del sector público, y, como resultado de esos esfuerzos, desde finales del siglo XIX se han logrado acumulaciones relevantes de bienestar.
La sociedad costarricense se ha caracterizado por combinar un alto nivel de evolución social con una economía de baja productividad y débil capacidad competitiva, a lo que se suman de modo persistente deterioros éticos envolventes.
Trascender esta circunstancia exige desmontar los feudos de poder que han hecho del Estado y del gobierno su propiedad, deformando hasta extremos irreconocibles el servicio al bien común; es imperativo transparentar las redes de influencia, cambiar liderazgos, innovar ideas y propuestas, fortalecer las capacidades de generación de empleo en asocio con el crecimiento económico, intensificar el impacto de la ciencia y la tecnología en las empresas y los centros de trabajo, elevar sustancialmente la calidad de la educación y de la cultura, reducir la desigualdad, disminuir la pobreza, erradicar la pobreza extrema y expandir a las clases sociales medias, sobre la base de la dinamización económica y productiva.
Esto conviene hacerlo conforme a las peculiaridades de las regiones, territorios y comunidades. La prioridad histórica es trabajar, un día sí y otro también, a favor de quienes menos oportunidades tienen, y esta es la mejor vía para apuntalar la cohesión social, la paz y la felicidad de las personas, todo lo cual impulsa el desarrollo de la economía y su inserción en los mercados internacionales.
Sombras. Los méritos de la evolución costarricense no se comprenden sin las debilidades. Menciono cinco: insuficiente productividad y débil competitividad del sistema económico, desigualdad social y pobreza, mediocridad intelectual y cultural de las “élites”, disminuida calidad educativa y disfuncionalidades éticas o vacíos morales en la gestión pública y privada. Me limito en lo que sigue al último de los factores mencionados.
El desarrollo sin ética es un espejismo desorientador. Se puede vivir en una sociedad llena de cosas, pero enferma del alma y de ideales, emocionalmente desequilibrada. Sostengo que la historia de la disfuncionalidad ética es una materia pendiente de la autoconciencia nacional.
Tal disfuncionalidad configura una red de redes entrelazadas desde hace muchas décadas. Ya para el siglo XVI, por ejemplo, algunos estudios identifican al menos 162 familias que en sus interacciones de todo tipo conforman linajes de influencias y de gestión de voluntades cuyas ramificaciones y conexiones llegan hasta nuestros días.
Pueden señalarse hechos moralmente disfuncionales durante el siglo XIX, en las primeras décadas del siglo XX, en los años cuarenta, durante el Estado de bienestar hasta la deformación del Estado empresario e interventor, y en la etapa de apertura comercial y desmonopolización del sector público.
La red de redes que fundamenta la práctica de las disfuncionalidades éticas se forja poco a poco, década a década, de generación en generación; de ahí la conveniencia de desentrañar su historia para comprenderse mejor, efectuar la respectiva autocrítica, corregirse y otear superiores horizontes.
Con lo dicho, dejo planteado un principio metodológico clave: el poder, cualquiera sea, sin importar su narrativa o el lugar donde se encuentre, es una red de redes que crece y se diversifica con el tiempo.
No es uno, sino muchos, sus rostros se multiplican, y es en ese ámbito de interacciones, algunas meritorias otras no, donde se trasiega el destino. En ese trasegar conviene que el costarricense, en su sencillez y humildad, sea vigía que dibuja los rumbos y traza los mapas del futuro.
Escribo “el costarricense”, me refiero, por lo tanto, no a uno en particular, sino a un sujeto colectivo que en sus componentes personales, individualísimos, se adhiere a los principios, valores e ideales de una vida libre, diversa, justa, autónoma y fraterna.
Esto no es una quimera, un imposible. Contra todo desconsuelo debe aplicarse una pragmática de ideales, porque es en los ideales y en sus ardientes horizontes donde se han gestado las mejores y más grandes epopeyas.
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El autor es escritor.