
Sergio Ramírez acaba de obtener el Premio Ortega y Gasset, en una edición especial con motivo del 50.° aniversario de la fundación del diario El País, junto a algunos de los mejores periodistas del mundo, como la bielorrusa Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura, y Martin Baron, exdirector de The Washington Post y The Boston Globe.
Para Centroamérica, el nicaragüense no es solo un escritor. Es el intelectual más importante de la región desde la segunda mitad del siglo XX y, sin duda, el último en su género. Es imposible entender nuestra cultura sin su impronta como narrador, ensayista, crítico literario, cronista, articulista de opinión, editor, creador de política pública, gestor cultural y un incontable recuento de oficios que podría resumirse en una expresión ahora en desuso: “hombre de letras”.
Sin él, no hubiera sido posible la gran reforma universitaria de las décadas de 1960 y 1970; la Editorial Universitaria Centroamericana (Educa), de donde surge lo que leemos ahora como nuestra tradición literaria, y una vasta plataforma cultural regional interrumpida por el terremoto de Managua, en 1972, y la crisis político-militar posterior, que duró dos décadas.
Mientras surgía el Mercado Común Centroamericano, Sergio soñó y puso en marcha un sentido de cultura compartida. Desde 2013 organiza el festival Centroamérica Cuenta, que en pocos años se convirtió en uno de los encuentros literarios más importantes de Iberoamérica.
Los escritores latinoamericanos actuales son fundamentalmente eso: escritores. No pretenden ser nada más. Son, para retomar la frase de Maquiavelo, “profetas desarmados”. Los horrores del siglo XX, el escepticismo y la globalización les enseñaron las limitaciones de la cultura escrita. Y las revoluciones son un anacronismo, tanto las políticas como las estéticas. Hace 65 años, cuando Sergio Ramírez comenzó a escribir, todo era diferente. Latinoamérica parecía ser una materia maleable a las ideas y los ideales.
Desde el principio de su carrera, más de 50 libros atrás, se propuso reinventar la realidad con sus palabras y sus actos. Con el correr del tiempo, él mismo se ha mostrado receloso ante aquellas pretensiones juveniles de querer “cambiar el mundo”, que fue un mandato generacional. Hay que recordar que Sergio, siendo estudiante en León, adquirió su conciencia moral como sobreviviente de la masacre de estudiantes de 1959, que lo convirtió en antisomocista para toda la vida.
Tal vez la gran lección del siglo XX fue que “los sueños de la razón engendran monstruos”, pero las primeras décadas del siglo XXI nos enseñan algo peor, que la irracionalidad es mucho más peligrosa y que puede llevarnos a la extinción como especie.
Durante su itinerario vital, Sergio ha estado confrontado a esas dos fuerzas que pueden aplastar a un hombre, y de aquella confrontación colosal no solo surgió un gran narrador, sino también un intérprete excepcional de su época y, como resultado de un largo proceso de depuración existencial, un apasionado defensor de la libertad como condición inalienable de la dignidad humana.
Según Günter Grass, a un escritor público no se le debe exigir que tenga razón, sino que tenga razones. Sergio comenzó su andadura convencido de que la literatura es una razón para vivir, pero también una razón para pensar el mundo, una perspectiva intelectual desde la cual es posible entender los complejos entresijos del alma humana. Se labró un destino como única manera de permanecer fiel a sí mismo, y ha persistido en ese mandato durante toda su vida.
Sergio fue protagonista y testigo de excepción de la última gran revolución política del siglo pasado, con la que Latinoamérica cerró la turbulenta era iniciada por la Revolución mexicana. De las cenizas del sandinismo surgió el ornitorrinco entre dictadura dinástica, populismo, maquinaria del terror y cleptocracia que hoy aplasta Nicaragua bajo el adefesio bifronte Ortega-Murillo.
De las toneladas de papel impreso que produjo la Revolución sandinista, casi todo quedó en el olvido, pero seguiremos leyendo por siempre Castigo divino, una novela escrita por Sergio en las pocas madrugadas libres que le dejaba la vicepresidencia de Nicaragua; La mujer habitada, de Gioconda Belli; las memorias de Ernesto Cardenal y poco más.
No sé cómo lo ha logrado, pero Sergio siempre ha seguido su propio camino. En un país de poetas, fue narrador. En medio de una insurrección, fue intelectual. En la guerra, fue político.
Fue perseguido por el somocismo y por el pseudosandinismo; fue marginado por la derecha y por los “progres”, y después fue aceptado, a regañadientes, por algunos que no le perdonan su pasado revolucionario ni su presente crítico. Y siempre permaneció fiel a sí mismo, anclado a esa libertad tan suya, a ese espacio diminuto y libérrimo donde un escritor sabe meter el universo, a eso indefinible que podría llamarse destino, fuerza interior o voluntad de resistir.
Los cuentos y novelas de Sergio son una entrañable indagación de la cultura popular nicaragüense y, a la vez, un complejo estudio de la transición de una dictadura patriarcal al caos posmoderno. Sus artículos y crónicas son una mezcla de erudición lectora con retazos autobiográficos y una tribuna insobornable de la libertad y de la literatura como reducto extremo de lo que nos hace humanos.
Unos meses después de haberse exiliado, conminado por la orden de detención arbitraria dada por la dictadura, en una fantochada judicial, lo visité en su apartamento de la calle Ronda de Atocha, en Madrid. Las paredes estaban desnudas y el ambiente, taciturno, y conversamos sobre una Centroamérica ya hundida en las sombras.
Desde uno de los cuartos casi vacíos, sobresalía un escritorio con unos pocos libros y una computadora encendida. Emanaba desde la pantalla esa luz de conciencia moral que ha puesto de manifiesto el fallo del Premio Ortega y Gasset. Sergio, entonces con 80 años, tramaba una de sus nuevas novelas, su artículo mensual para El País o alguno de los muchos textos con los que sigue siendo uno de los escritores más vivos del planeta. Escritor hasta la muerte, como alguna vez dijo en una entrevista.
Carlos Cortés es escritor, periodista y catedrático de la Universidad de Costa Rica (UCR).