Fernando Zamora. 20 febrero

Refiriéndose a lo que él considera su muerte, el periodista italiano Andrea Rizzi acertadamente acuñó el término “socialdemocristiano” para referirse a los partidos y doctrinas modeladoras del desarrollo europeo dominante en la Europa del siglo XX. Trenzadas ambas filosofías políticas, socialdemocracia y democracia cristiana, surgieron no solo para confrontar los extremismos destructores de aquel continente, sino también para forjar la Europa de hoy.

También en las democracias latinoamericanas ambas corrientes dominaron el escenario político electoral de buena parte de los últimos 70 años. Con luces y sombras, garantizaron por varias décadas prosperidad y paz allí donde ejercieron el poder. Así fue en Alemania, con el Partido socialdemócrata de Willy Brandt y la democracia cristiana de Adenauer; en la España del PSOE y el Partido Popular; o en la Italia donde se alternaban el poder el partido socialdemócrata de Sandro Pertini y la democracia cristiana del gran Alcide de Gasperi.

En Latinoamérica el panorama era similar, aunque aquí solo en el caso de las democracias, pues en las satrapías asoladoras del sur y centro de América, ¿qué cabida tenía una ideología equilibrada? Pero el patrón se repitió en longevas democracias como la de Costa Rica, con el socialdemócrata Partido Liberación Nacional de Figueres y lo que hasta el 2002 fue su principal oposición socialcristiana, fundada bajo la tradición del caudillo católico Calderón Guardia.

En Chile, la alternancia fue entre la democracia cristiana de Frei y la socialdemocracia de Lagos. La primavera democrática venezolana, que en los años 70 y 80 convirtió a Caracas en meca del buen vivir para su clase media, veía turnarse en el poder los “adecos”, socialdemócratas de Rómulo Betancourt, y los “copeyanos”, los democristianos usualmente liderados por Rafael Caldera.

Circunstancias. Ahora bien, esencialmente, ¿por qué su decadencia? Como bien señalaba Ortega y Gasset, también las generaciones políticas son hijas de sus circunstancias. Si estas son tormentosas, la generación que las enfrenta tiende a agigantarse. Por el contrario, del solaz disfrute de tiempos bonancibles y de suscripción de herencias, lo factible es ver surgir un Diocleciano y difícilmente un Julio César.

Las grandes generaciones fundadoras surgen como derivación de un enfrentamiento a situaciones sociales traumáticas, insufladas por una moral inspiradora representante del ensueño que los sobrepone a la dura realidad que les toca confrontar. Son portadores de ideales nuevos, como hipótesis de alguna perfección con la cual entonces soñaron, anticipando lo porvenir.

Sus acciones tienden a acrisolarse con las que, en su misma época, son sus almas gemelas. Por ello, cuando Figueres Ferrer luchaba contra lo que se denominó la Internacional de las Espadas, a su lado Betancourt combatía contra la dictadura venezolana y Muñoz Marín enfrentaba las del Caribe.

Por el contrario, cuando la bonanza posterior a la brega consolida los beneficios de la lucha, cuando es la hora del festín y de repartir los legados, las generaciones políticas sucesoras van degenerando. Por ello, Ptolomeo no superó a Alejandro. Como en la Siracusa antigua, donde los gobernantes eran cada vez peores hasta llegar al cruel Dionisio I. Tiempos de cortesanos y genuflexiones, cuando ser rebaño y tener alma de siervo ofrece múltiples ventajas a cambio de abdicaciones morales. No son épocas de afirmaciones ni de negaciones, sino de dudas, pues creer es ser alguien.

El cortesano, incapaz de abrazar una pasión o fe, carece de ese esqueleto que otorga el carácter. El ambiente no es propicio para forjarlo. He ahí buena parte de la explicación del problema.

Es la razón por la cual muchas de esas organizaciones se convirtieron en simples vehículos de poder. Fines en sí mismos utilizados por ciertos líderes para resguardar intereses particulares. Dicha pérdida de nuestra brújula moral socialdemocristiana, resumida en la actual vacuidad cultural de Occidente, es la que ha generado, por ejemplo, la toma de la política por movimientos xenófobos neofascistas, por peligrosos populismos como los del tragicómico Beppe Grillo o por regionalismos irresponsables como el catalán, renegador de la grandeza histórica y cultural de la hispanidad, renegadores de Cervantes, de Velázquez, de Goya, de Gaudí, catalán y español universal, de lo que representaban las virtudes de santa Teresa y también del espíritu que, durante la reconquista, liberó a Europa de la opresión islámica.

Bienestar consumista. Aún peor, aquel hermoso ideal llamado por los europeos welfare state, en el mundo desarrollado terminó degenerando en sociedades de bienestar consumista. Con ellas resucitaron viejos conceptos ideológicos materialistas sorpresivamente abrazados por el “socialdemocristianismo” europeo.

En consecuencia, banderas propias de aquellos extremismos que tanto confrontaban los socialdemócratas y democristianos, originalmente provenientes de ideologías como el marxismo, el fascismo y el ultraliberalismo, fueron también asumidas por los malos herederos de las sanas doctrinas sociales. Así, por ejemplo, a partir de entonces, oscuras normativas como las que permitían ciertas técnicas eugenésicas, antes concebidas solo propias del fascismo, fueron aprobadas durante administraciones del partido demócrata, el equivalente a la socialdemocracia estadounidense. O leyes como las del aborto, originalmente aprobadas en las sociedades estalinistas o por las élites ultraliberales estadounidenses, pasaron a ser prácticas defendidas por algunos partidos socialdemócratas europeos.

Por la corriente que se pretende imitar desde las sociedades de bienestar consumista del mundo desarrollado, hay quienes erróneamente creen que ese tipo de estandartes materialistas deberían también ser parte del ideario socialdemocristiano latinoamericano.

Rizzi anotaba que en la oscuridad podía sentirse miedo o excitación. No sea que, por tales afecciones emotivas, el cómodo atajo de nuestros partidos socialdemocristianos sea seguir cayendo en esa tentación, asumiendo los cantos de sirena propios de las lúgubres voces del extremismo.

El autor es abogado constitucionalista.