
La prensa reportó un estudio de la economista Natalia Emanuel, publicado en Science, que apunta que el teletrabajo aumenta considerablemente el aislamiento y empeora la salud mental.
Veo a la gente enardecida en los comentarios: hay quienes acusan al sector de bienes raíces de patrocinar el estudio y otros prefieren dar lujo de detalles de lo felices que están con su trabajo remoto.
La discusión se me hace profundamente absurda porque estamos viendo la gotera que cae, cuando la casa ya está inundada. La enorme mayoría del tiempo que estamos despiertos la pasamos trabajando. Los más privilegiados trabajamos tecleando el día completo frente a una computadora.
La cuestión no es si debemos trabajar presencialmente o de forma remota, aunque esa discusión no es del todo estéril. En lo que deberíamos estar, de cabeza, sin embargo, es en cómo hacer para que una menor parte de nuestra vida pertenezca a nuestros empleadores. Acabar con el tabú de abogar por tener más tiempo para recrearnos, aprender y descansar.
Tal vez lo que nos tiene deprimidos es la convicción de que hay recursos de sobra para que todos tengamos una vida cómoda con suficiente descanso, pero, en cambio, debemos trabajar al menos cinco días por semana y sonreír mientras movemos los engranajes.
Trabajos de mierda
Nos han insistido en la idea de que el trabajo enaltece, dignifica. Dignifica aquello que nos hace tener una vida digna, no vivir en la necesidad ni en la opresión. No veo a los herederos del capital, la mayoría de los millonarios, sintiéndose indignos por vivir cómodamente de las rentas que papá les dejó.
Los estudios (e incluso pilotos en Islandia y España) han repetido que podríamos ya tener semanas laborales de cuatro días sin efectos negativos, pero el sistema, como decía el académico David Graeber, prefiere mantenernos ocupados.
Graeber, profesor de The London School of Economics, hizo un famoso ensayo que eventualmente terminó siendo un libro llamado Trabajos de mierda: una teoría, en el que razona por qué las corporaciones tienen algunos puestos sin propósito relevante, en un sistema que se jacta de hacer eficientes los recursos.
Propone, entonces, que la clase dominante sabe que una población con tiempo libre es un “peligro mortal” porque esas cabezas ociosas empezarán a cuestionar el sistema. Y de ahí que las razones para mantener esos trabajos sin sentido sean ideológicas, en lugar de económicas.
La verdadera opulencia
Graeber hizo su doctorado bajo la dirección del antropólogo Marshall Sahlins, un teórico que hablaba de la “sociedad opulenta original”. Según Sahlins, las sociedades prehistóricas trabajaban solo cuatro o cinco horas al día para satisfacer sus necesidades básicas.
¿Cómo trajeron 12.000 años de evolución, más trabajo y menos disfrute?
Sahlins tiene una posible respuesta. La escasez no es una experiencia humana natural, sino una creación del mercado. Para él, los cazadores-recolectores no eran pobres porque carecían de cosas, sino ricos porque no las deseaban: la verdadera opulencia. Ahora estamos llenos de chunches y la mayoría está terriblemente empobrecida de tiempo.
Aquí es cuando entiendo por qué la discusión sobre el trabajo remoto es relevante. Esta modalidad llega como un alivio para cumplir distintas obligaciones. Crea la ilusión de tener más tiempo. La gente dobla ropa mientras escucha el townhall, medita entre reuniones, hace siesta durante el almuerzo. Esto contrasta con las reglas no escritas de muchas oficinas donde es inapropiado incluso ver mensajes del teléfono o resolver cuestiones domésticas. Se vive en un régimen infantilizante y opresivo, que impide transparentar que, además de trabajador, sos un papá o una artista.
¿No sería relevante la hipótesis de que son esas exigencias, las largas jornadas, la poquísima gratificación, lo que nos tiene solos y trastornados? Tal vez esa no sea del interés del Federal Reserve Bank de Nueva York, donde trabaja la autora del estudio mencionado.
El sistema es un invento
Una pancarta cuyo texto podría tener origen en el movimiento sindicalista francés dice: “Trabajar menos, trabajar todos, producir lo necesario, redistribuir todo”. Entiendo el sentimiento de que todos deberíamos tener que trabajar, en especial cuando vemos a los ricos viviendo del dinero de las generaciones pasadas.
Pero la realidad es que no todo el mundo puede trabajar o debería tener que hacerlo. Las razones son muchísimas; entre ellas, discapacidad, cuido y trastornos mentales. Y eso no debería ser un problema, a menos que insistamos en la idea de que el trabajo dignifica.
La adopción de la IA hará caducar muchas habilidades y oficios. Y la razón por la cual ese escenario es aterrador es porque aceptamos la premisa de que para cubrir nuestras necesidades básicas debemos hacer un trabajo por el que alguien nos quiera pagar. La idea ha calado tan fuertemente que hemos depositado nuestra identidad en ella.
Pero esa noción de que la única manera posible de no vivir en la precariedad es a través de un trabajo remunerado es falsa. Siempre lo ha sido. Tanto que el sistema se ha ocupado hasta de inventar trabajos irrelevantes para mantenernos ocupados. Y ahora ese mismo sistema puede rebajar el número de horas de nuestra jornada; proveer una renta básica universal; decidir pagarnos por nuestros productos, sin obligarnos a estar a su disposición en todas las horas luz del día.
El trabajo no dignifica. Incluso puede ser el origen de nuestro aislamiento y depresión. Dignifica tener un sistema en el que todos podamos tener bienestar, independientemente de nuestra capacidad de producir algo que el mercado interprete como valioso.
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Andrea Vásquez R. es comunicadora social especializada en Inclusión y Equidad.
