Fernando Zamora. 18 junio

A propósito de lo que sucede hoy en calles de Monimbó o las de Caracas, conservo un libro sobre las leyes espirituales, que en 1994 publicó la editorial mexicana Edivisión. La tercera de esas leyes es la “compensación”, según la cual, cada acción genera una reacción que regresa a nosotros proporcionalmente y de la misma manera. En otras palabras: recogemos lo que sembramos.

La historia es pródiga en ejemplos donde constan las tristes consecuencias que esta ley espiritual acarrea contra los opresores. Frente a los despotismos de hoy, amerita repasar algunas ilustraciones que demuestran cómo se ha cumplido dicha ley del talión. A la memoria me viene un primer ejemplo de los anales dominicanos. Minerva, Teresa y Patria Mirabal, tres hermanas célebres por su fervorosa oposición al régimen de Rafael Leónidas Trujillo. Para noviembre de 1960, fecha en que fueron asesinadas, Trujillo cumplía 30 años en el poder.

¿Qué es la vida política sino una constante escogencia?

De cronistas y testigos de excepción de la época, como José Almoina, se calcula que la cifra aproximada de las víctimas de la dictadura, genocidios de haitianos incluidos, se acercaba a las 50.000. Dentro de estas estaban las hermanas Mirabal, cuyos cuerpos aparecieron en un barranco. En la escena había un jeep rural para simular un accidente.

Las investigaciones posteriores demostraron que fueron brutalmente asesinadas por órdenes del sátrapa. Apenas un año después, entrada una noche de mayo, en otra carretera recibiría el cuerpo inerte y ametrallado del dictador que dirigió aquella república con mano de hierro. En esa ocasión el vehículo era un Oldsmobile. Cuando se dirigía a San Cristóbal, en el kilómetro 9, fue emboscado por un grupo de conspiradores. En ambos casos, el asesinato de las Mirabal y el de Trujillo, ver la escena de los cuerpos y el vehículo en la carretera era una casi exacta retribución de la ley del talión contra el tirano.

En país vecino. Otro ejemplo lo ofrece la historia centroamericana. Todo nicaragüense sabe que Anastasio Somoza García mandó asesinar al general Sandino a través de un hombrecillo de baja ralea; si no mal recuerdo, un militar de apellido Delgadillo. Eso fue en 1934. Veintiséis años después, el 21 de setiembre de 1956, mientras Rigoberto López Pérez simulaba bailar jazz en la casa del obrero, en León, lentamente se le acercó a Somoza García y le recetó cinco tiros de una Smith & Wesson 38.

Mientras moría en el hospital militar de la zona del canal de Panamá, el dictador también recibía los efectos aritméticos de la ley de la compensación espiritual. Con los intereses de capital incluidos, la paga completa de lo que, 26 años atrás, había sembrado en la humanidad de Sandino.

La última ilustración la extraigo de la historia venezolana. En 1992, con una pequeña facción de soldados insurrectos, Hugo Chávez intenta un infructuoso golpe militar contra el entonces presidente de Venezuela. Resulta que, exactamente diez años después, en el 2002, cuando ya el mismo Chávez era presidente, sufre un intento golpista igualmente infructuoso y similar al que él pretendió.

La trama fue provocada, exactamente como él lo hizo, por una pequeña facción de soldados insurrectos que, aliados con un grupo de líderes civiles, intentaron derrocarlo. Curiosamente, al igual que Chávez en su intentona, Néstor González, uno de los insurrectos, habló en televisión en el momento de la fracasada asonada.

Así, ad infinitum, podría enumerar decenas de ejemplos históricos sobre cómo los opresores de este mundo han recibido una paga proporcional a la de su maldad. La lección esencial de estos episodios radica en reconocer que, por cada una de esas acciones, existe una consecuencia. Una causa-efecto de matemática implacable.

¿Qué es la vida política sino una constante escogencia? Es cierto que en la mayoría de los casos el gobernante no discierne las consecuencias de estas, pero la diferencia entre un sátrapa y un estadista radica precisamente en la capacidad de tomar verdadera consciencia de los juicios y determinaciones que se hacen. Un viejo aforismo jurídico nos recuerda que nadie puede alegar ignorancia de la ley; en el mismo sentido, constantemente tomamos decisiones sin una verdadera consciencia de las consecuencias que ellas acarrearán.

Omisiones. Aún más, nos guste o no reconocerlo, las omisiones también son decisiones. Muchas omisiones no las hacemos conscientemente, pero de todas formas arrastramos sus secuelas. Esta moraleja es especialmente aplicable en la actividad política, en donde el dirigente es un contralor de equilibrios y un selector de costos de oportunidad.

Por ello, el verdadero líder debe tener la capacidad de rectificar. Uno de los ejemplos más representativos de esa capacidad de corregir el rumbo es Simón Bolívar. Tal como lo documenta el historiador Jorge Abelardo Ramos, Bolívar pretendió romper el yugo político con España sin antes liberar a los esclavos y llaneros.

Ello generó que los patriotas de la aristocracia criolla –racialmente blancos e independentistas– no contaran con la ayuda de esos grandes contingentes poblacionales. Por el contrario, estos se habían alineado con algunos militares españoles, como José Tomás Boves, quien les había prometido la libertad de clase. Para los esclavos, su libertad personal era un bien más preciado que el ideal de la libertad nacional.

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Con el apoyo de esos desclasados, los realistas vencieron a Bolívar, quien finalmente debió exiliarse en Jamaica. Estando allí, desterrado, Bolívar rectificó. Entendió la lección: para triunfar, debía también ofrecer la libertad personal a los esclavos, indígenas y llaneros. Su capacidad de rectificación le granjeó a la causa independentista el favor de las masas marginadas.

En las crisis que actualmente enfrentan los regímenes opresores latinoamericanos, las mesas de diálogo son el escenario ideal para rectificar el rumbo. El problema es que, para ello, se debe ser magnánimo. Una virtud inusual en los déspotas.

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