Ciertos hombres grandes son infinitamente pequeños. A veces, la regla se invierte: algunos hombres pequeños resultan ser grandes hombres. Hay ejemplos, ahora no recuerdo ninguno.
Lo pienso mientras veo una foto de Nicolás, el último de los zares, de pie frente al comandante en jefe de sus ejércitos; la diferencia de tamaño es tan desproporcionada que la zarina estaba convencida de que el militar ansiaba apoderarse del trono.
Pero la sospecha de la zarina no radicaba en el tamaño. Su marido era un autócrata de mecha corta y es posible que ella no lo ignorara.
Hay un episodio que lo muestra. Animado por complacientes miembros de su entorno, que le halagaban diciéndole que debía convertirse en zar del Oriente, resolvió embarcarse en una guerra menor y victoriosa contra Japón, que haría a Rusia más grande.
Alguno le mencionó los peligros de la aventura, que lo más probable era que fracasaría. El zar lo despidió y siguió adelante.
El Año Nuevo de 1904, en la acostumbrada recepción al cuerpo diplomático, el envalentonado monarca dirigió al embajador japonés una amenaza velada mencionando que Rusia no era solo un país sino un gran continente, cuya paciencia no se podía poner a prueba si se quería evitar una guerra.
Dice Antony Beevor, autor del libro del que tomo esta historia, que el embajador “se inclinó cortésmente ante la advertencia del zar”. Pero el monarca era más lo que ignoraba que lo que sabía. Desconocía que había tropas niponas embarcando ya en transportes militares, aprestándose para la guerra.
El zar continuó hablando belicosamente, pero empezó a dudar de si la victoria que predicaba resultaría en efecto fácil.
No obstante, para entonces ya era demasiado tarde. El embajador japonés abandonó Rusia de noche, con todo su personal, sin dejar ningún mensaje; los rusos estaban confundidos: “El gobierno del zar no sabía siquiera si estaba en guerra o en paz”, escribe Beevor.
Como días atrás estuvo de moda hablar del síndrome de Tucídides, me aventuro a hablar del síndrome de Nicolás, para llamar la actitud de quien no sujeta a límites prudentes y razonables su errático afán de poder.
Al final, las fuerzas rusas sufrieron una humillante derrota. El zar fue informado en el tren imperial, otros dicen que mientras jugaba tenis. Qué importa, entre regalitos y matráfulas los grandes tienen el pienso asegurado.
carguedasr@dpilegal.com
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.
