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El día que mi cerebro decidió que era momento de apagarse... y se desconectó por dos horas

El llamado síndrome de la vida ocupada me describía perfectamente: un estilo de vida en estrés permanente, un estado crónico de perpetua actividad y una constante sensación de prisa y falta de tiempo

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Así era mi agenda: compromisos laborales al tope, días interminables con pendientes en la bandeja de tareas, horas frente a mi computadora y en plataformas digitales, y siempre hiperconectada para los clientes, la empresa, las redes sociales y el WhatsApp. (Shutterstock/Shutterstock)

La frase “La vida solo puede ser entendida hacia atrás, pero debe ser vivida hacia adelante”, del filósofo y teólogo danés Soren Kierkegaard, explotó en mi mente poco después de un episodio personal en el que mi cerebro sencillamente decidió que era momento de apagarse.

Así, de repente. En un parpadeo, un día se desconectó por dos horas. Tuve “amnesia total transitoria”, así declarada por mi neuróloga. Dos horas de mi vida borradas de mi memoria para siempre. ¿Cómo llegué a ese estado?, me pregunté ese día. Y la realidad es que a veces evitamos ver a tiempo las señales, y otras veces puede ser demasiado tarde.

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