
Me sorprendió enterarme de cómo Peter Thiel, cofundador de PayPal y accionista de Facebook y Palantir Technologies, cita el texto del filósofo ruso Vladimir Soloviev, Tres conversaciones y el breve relato sobre el anticristo, en un artículo de Antonio Spadaro.
Mi sorpresa no proviene de la relación, ya ampliamente documentada, entre literatura y política, sino de cómo una herramienta o programa basado en inteligencia artificial (IA) es justificado con una obra literaria de este gran personaje de la sociedad rusa, amigo de Fiódor Dostoievski y León Tolstói, e inspirador de algunos de sus personajes.
Soloviev fue filósofo, místico y neoplatónico. Era el cuarto de doce hijos que tuvieron sus cultísimos padres. De mirada profunda, larga barba y muerte prematura, inspiró a toda una generación de intelectuales gracias a sus ideas interreligiosas y esotéricas, así como a su visión de un hombre del porvenir capaz de rescatar a la humanidad del mal.
Thiel retoma esas ideas y las utiliza para justificar la disrupción algorítmica como un nuevo proyecto civilizatorio basado en el control técnico. Según esta visión, la tecnología permitiría combatir la “falsa paz” que, supuestamente, encubre las injusticias que terminan provocando las guerras. El resultado es una mezcla de religión, ficción literaria y política tecnocrática que produce un efecto de encantamiento similar al que Soloviev generó en su época.
No sorprende demasiado. La ausencia de argumentos sólidos más allá de esta retórica seudoficcional es evidente, aunque parece importar poco porque el storytelling es poderoso y, sin duda, cuidadosamente diseñado por equipos especializados.
Como en la retórica clásica, se construye un relato que justifica la intromisión del control tecnocrático en la vida de los ciudadanos. Y se ofrece, al igual que en la novela de Soloviev –donde Europa termina unificada frente a la invasión del panmongolismo bajo el mando de un nuevo emperador romano–, la promesa de controlar a los futuros “príncipes” capaces de alterar el orden mundial. Las similitudes con el presente resultan inquietantes.
Para Thiel, la política contemporánea solo produce una estabilidad artificial que compra tranquilidad y mantiene a las sociedades en una forma de esclavitud. Por eso, considera necesario acelerar el desarrollo tecnológico hasta alcanzar una “paz liberadora” garantizada por las máquinas y, con ello, el triunfo sobre el mal.
La manipulación es evidente, y el uso de referencias literarias lo hace aún más claro. Poco a poco, dejo de sorprenderme. Porque, ¿qué sentido tiene construir una idea de paz sin ninguna referencia al prójimo, precisamente el núcleo de los evangelios y de la propia filosofía de Soloviev? Solo se toma de la narración la parte dedicada al héroe: ese príncipe que combate a los bárbaros, cae en la tentación y luego es castigado, en una estructura narrativa muy cercana a The Lord of the Rings.
No deja de llamar la atención que muchas empresas tecnológicas recurran precisamente al imaginario de la fantasía heroica para nombrarse y construir identidad. Apunto los siguientes ejemplos, tomados de Google:
- El banco digital impulsado por Palmer Luckey para startups y compañías de criptomonedas toma su nombre de la Montaña Solitaria, el reino enano de El Señor de los Anillos.
- Rivendel, el santuario élfico de la Tierra Media, da nombre a un fideicomiso utilizado por Thiel para administrar acciones de Facebook.
- Valar Ventures, cofundada por Thiel, Andrew McCormack y James Fitzgerald, hace referencia a los seres divinos de la Tierra Media.
- El “ojo de Sauron”, que todo lo vigila en la obra de Tolkien, inspira incluso sistemas de seguridad y vigilancia.
Entonces, surge inevitablemente la pregunta: ¿Será Rivendel, entonces, la utopía soñada con paz totalitaria para un pueblo de blancos, rubios y orejones?
¿Es esa la civilización que imaginan empresas cada vez más alejadas de la profundidad intelectual, del pensamiento crítico y de una verdadera formación filosófica?
Porque no existe utopía válida sin dignidad humana. No hay proyecto social posible sin conciencia de comunidad ni sin responsabilidad hacia el futuro común del planeta. Lo entienden los ecologistas, los políticos con visión de Estado y también muchos científicos y técnicos con formación humanista y buenas lecturas.
Quienes parecen no entenderlo son ciertos tecnócratas devotos de la fantasía heroica, incapaces de ir más allá de la lógica simplista del superhéroe que derrota al villano. Olvidan que el futuro no puede construirse como la hazaña individual de unos pocos elegidos, sino como una tarea colectiva.
O quizá –quién sabe– haga falta escribir una nueva saga sobre la tierra que viene.
Dorelia Barahona es filósofa y escritora.
