El alarmante «apagón educativo» que revela el octavo informe Estado de la Educación no es solo, ni tanto, producto de tormentas devastadoras (las huelgas) o fallas prolongadas de generación (covid-19). Sus razones son más hondas y acumulativas. Tienen que ver con el sistema: sus componentes, estructuras, procesos, dinámicas, actitudes y conexiones. Como la tendencia generalizada —aunque con excepciones calificadas— ha sido hacia las rigideces, rutinas, entropías y disfuncionalidades, el impacto de los eventos extremos fue demoledor. El quiebre quedó al desnudo.
Las principales víctimas son los estudiantes, sobre todo de escasos recursos, sumergidos en penumbras cognitivas y hasta emocionales difíciles de remontar. De aquí el riesgo de un retroceso social y generacional. Será trágico para el país, su economía, tejido colectivo y apuesta por la igualdad de oportunidades.
La descontrolada crisis que revela el apagón no podremos superarla con paliativos, que solo agudizarán las fallas crónicas, al ocultar fugazmente sus efectos y permitir que lo realmente grave siga igual, o empeore. La reforma impostergable es de gran calado, muy distinta a los planes y posturas usuales en las últimas décadas. Ante nuestros ojos está la más grave y aguda falla estructural y el más caro e injusto foco de regresión e ineficiencia pública del país. Para superarlo, la ruta es clara, pero los obstáculos son muchos y poderosos; la voluntad de afrontarlos, escasa.
