
El patriotismo es una virtud peligrosa. Bien entendido, es simplemente el amor a la patria. El amor procura el bien del objeto amado, y en esa medida el patriotismo mueve a hacer lo que es bueno para el país y sus habitantes. Pero atención, que el diablo está en los detalles: ¿para todos los habitantes?
Hay “patriotas” que dirán que no, que solo hay que procurar el bien de los que somos y hemos sido siempre de aquí, que los demás habitantes son intrusos y no merecen más que tolerancia, siempre y cuando trabajen y se porten bien. Esa es claramente una visión incompleta de la patria, porque sin los inmigrantes esta no sería lo que es.
A lo largo de siglos y milenios, los inmigrantes han contribuido a forjar el perfil y la identidad de cada nación. Y, con pocas excepciones, todos somos inmigrantes, o lo fueron nuestros ancestros.
Ese desdén por los inmigrantes se aplica por extensión a los marginales, a quienes no han logrado hacerse con un espacio en la sociedad, entendida como el mercado. Para ciertos patriotas, los marginales no construyen patria, sino que, en el peor de los casos, viven de ella. Interesan solamente como votantes, en la medida en que subsista la democracia. En todo lo demás son prescindibles, porque estorban y ensucian a la patria.
Estandarte de la ultraderecha
El tema del patriotismo está jugando un papel de creciente importancia en la política de muchos países. Es uno de los estandartes de la ultraderecha. Los partidos liberales y los de izquierda no saben cómo reaccionar a eso. Criticar el patriotismo es imposible, y diferenciar entre el bueno y el malo es un ejercicio mental al que no todo mundo está dispuesto.
¿Qué hacer entonces? ¿Qué concepto se puede oponer al poderoso llamado del mal entendido amor a la patria? Tal vez el concepto de ciudadanía pueda llenar el vacío. Este carece de la carga emocional del patriotismo, pero eso también es bueno. Conviene, en la política, bajar el tono de las emociones e introducir un poco más de racionalidad. Ser ciudadano —sea por nacimiento o por adopción— es un privilegio, por cuanto otorga derechos, y es también un compromiso que comporte deberes.
Pero ser un buen ciudadano es algo más: implica un interés activo en el bienestar de la comunidad. Esto incluye desde la urbanidad y la cortesía hasta la solidaridad y la acción cívica y política. Un buen ciudadano es quien se informa y trata de entender la sociedad en que vive, se preocupa por sus problemas y siente el dolor de los demás. Es quien paga sus impuestos y, si puede, aporta a causas solidarias. Es quien modera su consumo y protege el medio natural.
En otras palabras, para ser buen patriota (para amar a la patria y procurar su bien), hay que ser buen ciudadano, y quien no lo sea no puede presumir de patriotismo.
Un acto elemental de buena ciudadanía es acudir a las urnas electorales, y también ayudar y estimular a otros para que lo hagan. Si el proceso electoral da ocasión de acercarse o integrarse a un partido político, tanto mejor.
Nos guste o no, los partidos políticos —viejos y nuevos, grandes y pequeños— son los engranajes que mueven la democracia representativa. Pero, sobre todo, es importante llegar a la urna bien informado, sabiendo con claridad por qué se escoge esta opción o la otra.
Para eso es necesario leer y escuchar, conversar con personas cuyo criterio nos merezca confianza, y ver con suma atención los debates entre candidatos en los medios de comunicación. Tomarse en serio el privilegio de ser ciudadano, porque es mucho lo que está en juego. El patriotismo también puede entenderse como orgullo ciudadano. Las elecciones nos dan la oportunidad de construir una patria de la que podamos seguir estando orgullosos.
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Carlos Francisco Echeverría fue ministro de Cultura, Juventud y Deportes.