El obispo de Ciudad Quesada, monseñor José Manuel Garita, recordó que vivimos en un entorno de creciente violencia, que se traduce en la dolorosa pérdida de seres queridos, el incremento de la criminalidad y el avance del narcotráfico, cada vez más corrosivo para el tejido social.
También expresó su profunda preocupación por la pobreza, una inquietud que se avivó ante la posibilidad de que aumentara el porcentaje de impuesto al valor agregado (IVA) sobre la canasta básica. Destacó, además, la importancia de respetar el libre pensamiento, abrir espacios para la discusión y enseñar a los jóvenes a escuchar y valorar las posiciones de los demás.
El prelado nos recordó que, como país, tenemos una corresponsabilidad compartida y que debemos procurar la armonía –para quienes creemos en la iluminación–, así como abrir espacios de diálogo, cultivar el respeto y trabajar en la búsqueda del bien común.
Este mensaje exige una escucha empática y humildad para aceptar que nadie posee la verdad absoluta. Las autoridades de gobierno, sin embargo, parecieron haber llegado a la misa más para cumplir con el acto de presencia y saludar al inicio y al final, que para prestar oídos al mensaje de la homilía. Tampoco atendieron, como ya es su costumbre, a la prensa. Lástima, porque otra actitud los habría engrandecido.
De poco sirvió el llamado de monseñor Garita. El enfrentamiento entre poderes ha escalado hasta convertirse en una confrontación casi teatral y carente de sentido. Es urgente que el gobierno entienda que, con tales disputas, pierde el país entero.
Me uno al mensaje dado en las escaleras de nuestra querida Negrita: para gobernar, se necesita voluntad, dejar de lado los egos y actuar pensando en el bienestar de la mayoría. Es momento de gobernar por el bien del mayor número.
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Nuria Marín Raventós es politóloga.