Estet 10 de enero se conmemoraron 47 años del magnicidio de mi padre, el periodista, director del diario La Prensa y luchador político democrático antisomocista, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, asesinado por sicarios de la dictadura de Anastasio Somoza Debayle en 1978.
Su doloroso asesinato marcó un antes y un después en la historia de Nicaragua. La indignación generalizada que provocó en todos los sectores del país y el reclamo de justicia desembocaron en un estallido de protesta nacional, que desató la insurrección popular contra Somoza.
Dieciocho meses después, la dictadura de Somoza, que parecía imbatible, fue derrocada por una gran alianza de unidad nacional e internacional, liderada por el movimiento político-militar del Frente Sandinista.
En las elecciones de 1984 se eligió una asamblea constituyente para elaborar una nueva Constitución, y al concluir el proceso en 1987 se instituyó el 10 de enero en la nueva Constitución de la República como un tributo al mártir de las libertades públicas, marcando la fecha en que se inicia un nuevo período de gobierno en Nicaragua.
De esa manera, los constituyentes refrendaron un compromiso de Estado con el legado de Pedro Joaquín Chamorro de democracia plena y elecciones libres, no reelección, separación de la cosa pública de los intereses privados, lucha contra la corrupción y reformas democráticas con justicia social.
Los principios y valores de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal de pluralismo político y rendición de cuentas, libertad de prensa y libertad de expresión se promovieron durante la transición democrática que comenzó en 1990 mi madre, Violeta Barrios de Chamorro.
Una década después, se inició el descarrilamiento de la democracia al partidizarse todos los poderes del Estado con el pacto Alemán-Ortega, hasta que con el retorno de Daniel Ortega al poder en el 2007 empezó la regresión autoritaria bajo la dictadura Ortega Murillo.
En el 2012, la Asamblea Nacional declaró a Pedro Joaquín Chamorro héroe nacional, pero el discurso de odio de Daniel Ortega y Rosario Murillo, y su desesperación por atornillarse en el poder, intenta por todos los medios borrar su legado de la memoria colectiva.
Durante el estallido de la rebelión de abril del 2018, las banderas de democracia, libertad y justicia social de Pedro Joaquín Chamorro resurgieron con más fuerza en las calles, y esos mismos ideales inspiran hoy la resistencia cívica, en Nicaragua y en el exilio, que demanda el fin de la dictadura y elecciones libres.
Irónicamente, el 10 de enero, al iniciar un nuevo año de gobierno en Nicaragua, se cumplieron 19 años consecutivos de la dictadura familiar Ortega Murillo, que representa la antítesis de los valores que simboliza Pedro Joaquín Chamorro.
La nueva dinastía, por ejemplo, pretende legalizar una dictadura totalitaria en la Constitución que será aprobada este 13 de enero, que elimina la separación de poderes, institucionaliza la sucesión dinástica y crea un “copresidente” y una “copresidenta”, como un traje a la medida de los intereses de la familia gobernante.
Cuarenta y siete años después del asesinato de Pedro Joaquín Chamorro, Nicaragua está dominada por otra tiranía, atrincherada en el búnker de El Carmen, que le tiene miedo a la libertad.
Los dictadores señalados de crímenes de lesa humanidad, por las investigaciones de derechos humanos de la ONU y la OEA, no se atreven a recorrer las calles del país sin una voluminosa escolta policial armada hasta los dientes.
Daniel Ortega y Rosario Murillo ordenan y mandan, pero ya no gobiernan. Tampoco pueden ofrecer a los nicaragüenses una salida de paz, democracia y progreso, porque no pueden gobernar ni 24 horas sin Estado policial y sin presos políticos.
Eso lo saben muy bien los productores, los empresarios, los profesionales, los jóvenes y emprendedores que están migrando de forma masiva de un país sin futuro. Lo saben también los mismos sandinistas y los empleados públicos, civiles y militares, que son rehenes de la dictadura.
Amparados en el uso de la fuerza militar, policial y paramilitar, Ortega y Murillo pueden prolongar la crisis terminal de su régimen por un tiempo, imponiendo mayores cuotas de dolor y sacrificio a la nación, y amenazando con provocar la desestabilización de Centroamérica, pero más temprano que tarde la resistencia de los nicaragüenses enterrará a la dictadura.
Y en la hora más difícil de la reconstrucción, ante la tarea monumental de desmontar las estructuras de la dictadura y edificar desde cero un país, sin instituciones democráticas, nuevamente, el legado de Pedro Joaquín Chamorro se proyecta como la mayor reserva política de los nicaragüenses en la transición.
La vigencia de su ideario democrático, y sobre todo la coherencia entre sus ideales y el ejemplo de su vida, deberá ser uno de los pilares fundacionales de la nueva república democrática.
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Carlos Fernando Chamorro es periodista nicaragüense.
