
La idea insólita de construir un “museo imaginario”, un museo sin paredes, capaz de permitirle a cada uno articular su propia colección, su propio espacio de arte, fue lanzada en 1947 por André Malreaux, destacadísimo escritor quien, años después, llegaría a ser ministro de Cultura de Francia.
Lo que Malreaux tenía en mente no era, obviamente, un museo que habitara en la imaginación de las personas, sino, más bien, un “museo de imágenes” de las obras de arte y los autores predilectos. Fascinado con el poder de la fotografía y con las posibilidades de la reproducción masiva de las obras de arte que la tecnología de su tiempo hacía posible, se propuso romper con los límites del museo tradicional. Aspiraba a liberarlos de las limitaciones de recursos, espacio y tiempo que son inherentes a los museos tradicionales.
Pero, también, invitaba a superar el anclaje colonialista asociado a la concepción tradicional de los museos para lanzarnos a experiencias de relación con el arte en términos más abiertos, más libres, amplios y personales. Después de todo, como señaló en su ensayo El Museo Imaginario, un museo es “el resultado de una sucesión de azares afortunados”. Lo que existe dentro de sus paredes, al fin y al cabo, depende de la buena fortuna. Las colecciones de un museo están sujetas a aquello que les haya sido posible adquirir, transportar, exponer.
Para un museo tradicional, hay obras de arte que se convierten en aspiracionales, porque no están disponibles en el mercado del arte o porque su compra resulta imposible de financiar. Hay inclusive algunas que, por su misma naturaleza, nos dice Malreux, jamás podrán mostrarse como originales. Napoleón no pudo incorporar la Capilla Sixtina al Louvre, ni el Pórtico Real de Chartres podrá ser llevado al Metropolitan Museum…
Como muchos artistas de las primeras décadas del siglo XX, Malreaux se interesó profundamente en el poder de la fotografía. Lo consideró un recurso extraordinario para acercar las obras artísticas a la gente. La página de un libro de arte, solía decir, puede ser concebida también como una pared en la que aparece colgada una obra. En su opinión, la reproducción fotográfica no le quita su magia a una obra de arte, no la hace perder su “aura”, como diría Walter Benjamin. Para Malreaux, el arte está también asociado a una idea y a un propósito que puede ser captado inclusive a partir de una reproducción. Una buena foto permite precisar un detalle o explicitar de manera especial algún aspecto inusitado cuya observación, gozo o análisis se nos escapa cuando contemplamos la obra original en las condiciones particulares de un museo.
Hoy, posiblemente para asombro de muchos lectores, aquella poderosa idea de Malreaux tiene lo que podríamos llamar una vertiente singular en Costa Rica: un museo de las imágenes del arte de nuestro país. Ya es una realidad. Nos referimos a lo que su creadora, María Enriqueta Guardia, ha denominado la Pinacoteca Nacional Electrónica (PINCEL) que ella, con la sobriedad que la caracteriza, describe como “una base de datos” del arte costarricense del último siglo.
Lo cierto es que en PINCEL (http://www.artecostarica.cr) encontramos una colección muy bien articulada de los artistas, obras, técnicas y temáticas del arte costarricense. Dicha producción cultural que hoy se ha convertido en este sitio web contiene más de 20.000 obras de una colección en constante y cuidadoso desarrollo. Es el resultado de la labor tesonera de su gestora a lo largo de ya casi cuatro décadas de ininterrumpida y exitosa actividad profesional.
Por años, esta gran historiadora del arte, investigadora y docente universitaria ha motivado y canalizado la colaboración de decenas de personas de los más diversos ámbitos que, bajo su orientación, han contribuido de muy diversas formas a identificar, recopilar, sistematizar, digitalizar y divulgar por medio de la red una invaluable colección de fotografías de obras y textos descriptivos asociados.
Con la pasión de quien persigue un sueño –sueño que pasó de ser aspiración a meta, y de meta a labor cotidiana–, María Enriqueta Guardia nos hereda digitalmente la obra de centenares de pintores, escultores, ceramistas, orfebres, muralistas y arquitectos que han dejado su impronta en nuestro país.
Con la cámara al hombro y actitud de detective e investigadora nata, María Enriqueta Guardia ha logrado convencer también a artistas, galeristas, coleccionistas y dueños de obras para que le permitieran recoger fotográficamente este impresionante repertorio.
Autora de muchos libros sobre creadores nacionales y curadora de gran cantidad de exposiciones, es una gran conocedora, promotora e historiadora del arte nacional. Gracias a su visión y a su tesón, contamos ahora con este “museo de imágenes” que ella ha construido y puesto a disposición del público de nuestro país y del mundo.
Navegar por las grandes avenidas y detenerse en los rincones de PINCEL constituye un gran gozo para quienes amamos el arte nacional y queremos conocerlo mejor. Constituye, además, un recurso invaluable para quienes lo estudian, analizan, divulgan o acercan a otras personas aquí y más allá de nuestras fronteras.
No podemos menos que celebrar la existencia de este producto cultural tan valioso para la formación, el deleite y el registro patrimonial de nuestro pueblo. PINCEL tiene un destacado presente y enorme potencial para el futuro.
Clotilde Fonseca es exministra de Ciencia y Tecnología y exdirectora ejecutiva de la Fundación Omar Dengo.