Las ciencias humanas son siempre perfectibles. Las llamadas ciencias sociales no siempre suelen dejarse acompañar de las primeras. Un sano escepticismo es prudente, pero conviene recordar que casi todas las invenciones de Leonardo da Vinci existen y que los niños de mi generación, que mirábamos con asombro los dispositivos de comunicación del programa televisivo Viaje a las estrellas (pantalla incluida), son ahora tan comunes que se venden en planes de pago con financiamiento por las compañías telefónicas.
El punto es que, con objeciones o no, el conocimiento humano y la tecnología se apilan sobre bases previas, derribando fronteras que parecían infranqueables. Pocas cosas son tan impredecibles como el saber de qué manera se va a comportar una persona en una situación determinada. Hay tantas posibilidades y variables por considerar, que aun los psicólogos especializados en la conducta humana se ven sorprendidos constantemente por las decisiones que puede tomar un individuo.
Por ello, es importante considerar todos los insumos que contribuyan a moldear un pronóstico de cómo va a reaccionar alguien ante situaciones determinadas.
Es evidente que el conocimiento cotidiano de nuestros semejantes nos permite formar un catálogo empírico de quien es más o menos agresivo.
Nuevo conocimiento. El nacimiento de la antropología criminal en el siglo XIX, fundada por el doctor Cesare Lombroso, quien publicó su famosa obra El hombre delincuente, se consideró en su momento un avance en esta búsqueda. Hoy sabemos que su teoría del criminal nato está fundamentalmente desechada.
El genoma humano contiene, en 23 pares de cromosomas, toda la información genética que se expresa en lo externo en el fenotipo (lo que observamos), y en el genotipo todas las características que no son apreciadas a simple vista, que hacen de cada ser un individuo único.
Precisamente en el genotipo, desde 1993, se vienen efectuando estudios en Holanda, el Instituto Karolinska de Suecia y en la Universidad Estatal de la Florida, donde se detectó que infractores violentos, participantes de las pruebas y condenados por asesinato, eran portadores de una mutación en un alelo del “gen del guerrero”, así conocido por su relación con la agresividad a través del llamado síndrome de Brunner, junto con una variante del gen responsable del descontrol de los impulsos.
El efecto neurocientífico de esta predisposición genética es causar problemas para controlar la cantidad de serotonina y dopamina en el cerebro, lo que afecta al centro de recompensas, aumentando las posibilidades de que los sujetos tomen más riesgos y sean más propensos al consumo de drogas como el alcohol y los estupefacientes.
De hecho, se ha constatado que en la mayoría de los crímenes violentos se encuentran alguna de estas sustancias. Esta variación genética afecta principalmente a los hombres.
Una explicación. De ninguna manera este artículo es una apología de la violencia machista, sino una búsqueda de explicaciones a comportamientos que son irracionales y crueles. Lo que sucede es que el derecho penal de culpabilidad se basa en el supuesto del libre albedrío y no en la predeterminación, de lo contrario, se podría cuestionar la imputabilidad de la conducta.
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También se puede alegar válidamente que no somos ordenadores programados por nuestros genes y que no basta la predisposición para la concreción de los actos, sino que la crianza y el entorno son factores de igual importancia.
Lo que no puede obviarse, en el día a día, es que los jóvenes que integran los grupos criminales más violentos tienen un umbral más alto de tolerancia a la excitación y al peligro. Por todo lo que eso implica para cada uno de nosotros como ciudadanos, es una línea de investigación que vale la pena no omitir y considerar.
El autor es abogado.