Hay una frase al comienzo de Cien años de soledad que siempre me ha gustado: “El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y, para mencionarlas, había que señalarlas con el dedo”.
He leído Cien años de soledad un par de veces. Lo he escuchado como audiolibro en medio de las interminables presas josefinas y ahora estoy viendo la serie de Netflix. Creía que conocía bastante bien la historia, pero resulta que no. Verla me hizo descubrir algo que había estado allí todo el tiempo y a lo que no había prestado suficiente atención: la naturaleza. Esta vez no tuve que imaginar Macondo. Lo vi. Vi el río, la vegetación exuberante, aquel pueblo que nace casi aislado del mundo y que poco a poco se transforma. Llegan el ferrocarril, la compañía bananera y eso que llamamos progreso. Mientras cambia la vida de los Buendía, también cambia el territorio.
Después vienen la lluvia interminable, el deterioro, el abandono y, finalmente, el viento. Macondo desaparece.
Por supuesto, García Márquez no escribió sobre cambio climático. Cien años de soledad fue publicada en 1967 y sería absurdo atribuirle esa intención. Pero ahí está justamente la grandeza de ciertas obras: uno vuelve a ellas muchos años después y descubre que todavía tienen cosas que decirnos.
Esta vez, Macondo me hizo pensar inevitablemente en lo que estamos haciendo con el planeta. La diferencia es que nosotros sí sabemos lo que ocurre. Sabemos que el planeta se está calentando por causa de la actividad humana y ya vemos sus consecuencias: temperaturas récord, océanos más calientes, incendios, sequías, inundaciones y pérdida de biodiversidad. También más enfermedad. El cambio climático modifica dónde y cuándo pueden transmitirse algunas infecciones. Mosquitos y otros vectores encuentran condiciones favorables en lugares donde antes no las tenían; dengue, malaria y otras enfermedades cambian sus fronteras, y las inundaciones y el deterioro del agua y el saneamiento favorecen infecciones transmitidas por el agua. El clima cambia y, con él, también cambia el mapa de las enfermedades.
Lo preocupante es la facilidad con que podemos acostumbrarnos. Una temperatura récord deja de ser récord cuando llega la siguiente. Una inundación desaparece de las noticias. Un brote epidémico se controla. Y seguimos adelante.
Entonces está Úrsula. La serie también me hizo mirarla de otra manera. Mientras tantos Buendía se pierden entre guerras, inventos, alquimia, poder y obsesiones, ella sostiene la casa, cuida, trabaja, administra y, sobre todo, recuerda. Ha vivido suficiente para reconocer que cambian los nombres y las generaciones, pero ciertos errores regresan.
Quizá por eso Úrsula me resulta hoy tan actual. No porque fuera ecologista, claro está, sino porque representa algo que necesitamos desesperadamente: memoria. Porque de poco sirve reconocer una señal si después decidimos olvidarla.
Regreso a lo que más me ha gustado de esta experiencia. Hay que leer, pero también hay que escuchar y hay que ver. Sobre todo, hay que volver. Una serie no sustituye un libro y un audiolibro tampoco. Cada uno nos acerca a la obra de manera distinta. A mí me tomó dos lecturas, escucharla y finalmente verla para descubrir este otro Macondo.
Quiero volver a leerla. Seguramente, encontraré algo que todavía no he visto. El libro será el mismo; la que habrá cambiado seré yo.
García Márquez nos habló de un mundo tan reciente que muchas cosas todavía no tenían nombre. Nosotros ya les hemos puesto nombre: calentamiento global, deforestación, pérdida de biodiversidad.
Macondo terminó desapareciendo. Nosotros conocemos las señales, conocemos sus causas y todavía podemos decidir qué hacer con ellas.
Tenemos evidencia y tenemos memoria. Lo que no tenemos es derecho a decir que no lo sabíamos.
La historia de Macondo ya estaba escrita en los pergaminos de Melquíades. La nuestra, por dicha, todavía no.
avilaaguero@gmail.com
María L. Ávila Agüero es pediatra infectóloga, jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina.
