
Antes de revisar el estado de la economía nacional, debemos reconocer que nos encontramos en este 2026 en medio de una competencia global por la hegemonía en el desarrollo de la inteligencia artificial (IA), liderada por las grandes potencias planetarias.
Al respecto, conviene destacar tres apuntes fundamentales. Primero, siete de cada diez empresas consideran hoy el pensamiento crítico como la habilidad más buscada. Segundo, según consultas a empleadores globales, se estima que en el próximo lustro se crearán 170 millones de puestos de trabajo, aunque se desplazarán 92 millones, lo que arroja un saldo neto de 78 millones de nuevos empleos. Tercero, la mitad de este grupo reorientará su negocio hacia la IA; bajo esta premisa, el 60% contratará personal con dichos conocimientos, mientras que el 40% reducirá su planilla en áreas donde la tecnología automatice las labores. Ante esta tendencia, surge una pregunta obligatoria: ¿cuál será la estrategia de inserción de Costa Rica para la próxima década?
Desempeño de la producción
En cuanto a la producción, la economía costarricense mostró un buen desempeño al cierre del año anterior, con un crecimiento interanual del 4,8% (superior al 4,3% de 2023 y al 4,6% de 2024). Al desagregar los datos, el régimen definitivo creció un 3%, mientras que el régimen especial (zonas francas) registró un robusto 13%. Aunque todas las actividades arrojaron variaciones positivas, la agricultura mostró la tasa más baja (0,6%) debido a diversos reveses climáticos.
Por su parte, la manufactura alcanzó la mayor tasa de crecimiento, con un 7,3%, impulsada principalmente por el dinamismo de las zonas francas, donde destacan los dispositivos médicos y los centros de servicios. Esta tendencia favorece la consolidación del sector servicios, que se caracteriza por la ausencia de emisiones contaminantes, aunque demanda mejoras incrementales en la infraestructura de tecnologías de información y comunicación.
En línea con lo anterior, las exportaciones del régimen definitivo crecieron apenas un 1,5% interanual (frente al 5,8% en 2024), mientras que las del régimen especial aumentaron un 20%. Para el año en curso, las estimaciones oficiales prevén un crecimiento de la producción del 3,8%, y un 4% para 2027.
Situación fiscal
El panorama de las finanzas públicas refleja una relativa estabilidad, aunque el escenario “no está para tafetanes”. A diciembre pasado, los ingresos crecieron un simbólico 0,8% respecto al año anterior. Según fuentes hacendarias, este magro crecimiento responde a la migración de sistemas, proceso necesario para pulir la clasificación de impuestos y contribuyentes.
En lo que respecta a los gastos, estos decrecieron un 0,3% gracias a una reducción del 5% en el pago de intereses de la deuda pública (interna y externa). Esta disminución fue posible, en parte, por el descenso en el tipo de cambio y en las tasas de interés. Así, el superávit primario se situó en 0,94% y el déficit financiero, en 3,41%. Para este año, se proyectan cifras de 1,3% y 3,3%, respectivamente, mientras que para 2027 se espera mantener el superávit en 1,3% con un déficit financiero del 3%.
Un punto que requiere vigilancia es la razón de endeudamiento (deuda/PIB). Aunque en octubre marcaba un 59,1%, el dato cerró en diciembre en un 60,4%, por lo que será fundamental dar seguimiento a las próximas actualizaciones de Hacienda.
Entorno monetario y cambiario
En el ámbito monetario, desde mayo del año pasado los precios circulan por el carril deflacionario, ubicándose fuera del rango meta del Banco Central (3% ± 1%). Ante esto, el ente emisor se encuentra revisando los componentes de su esquema de metas de inflación.
Por otro lado, el crédito al sector privado creció un 5% interanual, un ritmo menor al 7% del año previo, debido a una desaceleración en la colocación tanto en colones como en dólares. No obstante, se proyecta que, para este año y el próximo, el crédito se recupere con valores cercanos al 7%.
En el mercado cambiario, persiste un superávit de divisas explicado por varios factores: la entrada de inversión extranjera directa (IED), un aumento del 10% en el ingreso de turistas, el dinamismo de las exportaciones, la colocación de eurobonos, el arribo de créditos internacionales y unas reservas monetarias que rozan los $19.000 millones.
Bajo este escenario, no se prevé una reversión en el comportamiento del dólar. La evidencia sugiere que apostar al incremento del tipo de cambio como fuente de competitividad es, definitivamente, cosa de tiempos idos.
Finalmente, es imperativo que el país diseñe una política de Estado que examine y establezca nuevas fuentes de competitividad estructural. El enfoque debe centrarse en buscar eficiencias en energía, agua, transporte, financiamiento, educación, seguridad e inteligencia artificial, así como en el fortalecimiento de la infraestructura productiva y tecnológica.
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Manuel Zúñiga García es economista.