
Hay una pregunta que los politólogos esquivan y los psicólogos conocen bien: ¿por qué tantos líderes con rasgos clínicamente asociados a la psicopatía no solo llegan al poder, sino que arrasan en las urnas? La respuesta incomoda, pero es necesario plantearla ahora, cuando Colombia acaba de celebrar una primera vuelta histórica y define su rumbo en un balotaje que sacude a toda la región.
Kevin Dutton, psicólogo de Oxford, documentó en The Wisdom of Psychopaths (La sabiduría de los psicópatas, 2012) que los entornos de alta competencia –finanzas, medicina, derecho, política– concentran individuos con rasgos psicopáticos muy por encima del promedio. Lo llamó “psicopatía funcional”: no hablamos de asesinos en serie, sino de personas con encanto superficial extraordinario, ausencia de culpa, manipulación calculada y narcisismo extremo envuelto en una falsa seguridad que el ciudadano confunde con liderazgo.
Lo que resulta difícil ignorar en 2026 es que este perfil aparece de manera recurrente en la derecha populista latinoamericana y anglosajona. No es exclusivo de ella, pero su concentración allí no es casualidad: los movimientos que prometen orden, fuerza y destrucción del establishment son el caldo de cultivo ideal para que el psicópata funcional encuentre su nicho electoral.
El mapa de los elegidos
Donald Trump es el caso de laboratorio más estudiado. Más de 27 profesionales en salud mental firmaron, en 2017, The Dangerous Case of Donald Trump, advirtiendo sobre narcisismo maligno: grandiosidad, ausencia de empatía, mentira compulsiva y disposición a sacrificar instituciones para proteger el ego. Su base lo ama más cuanto más transgrede. El insulto, la crueldad, la impunidad son, para sus seguidores, prueba de autenticidad.
Javier Milei comparte varios vectores del perfil. Sus arrebatos públicos, la demonización de adversarios, el mesianismo explícito (“vine a destruir el Estado”) y la incapacidad para sostener coaliciones sin destruirlas llevan más de año y medio erosionando los controles institucionales argentinos a una velocidad sin precedente democrático.
Nayib Bukele construyó en El Salvador una marca basada en la negación del otro: primero, el crimen organizado; luego, la prensa libre; después, la Asamblea; más tarde, la Constitución misma. La reelección, que era imposible según la Carta Magna, ocurrió igual. Su aprobación supera el 80% porque la seguridad que vende satisface una necesidad emocional que el ciudadano no puede resolver solo. El encantador de masas no necesita ser honesto; necesita ser necesario.
Rodrigo Chaves replicó el manual durante su presidencia en Costa Rica: insulto sistemático a periodistas, desprecio por los contrapesos, narrativa del héroe solitario contra la casta corrupta. El Banco Mundial lo había señalado por acoso antes de que llegara al poder. Costa Rica lo eligió de todas formas. Hoy ejerce como ministro en el gobierno que dejó, un aterrizaje que dice tanto sobre él como sobre quienes se lo permiten.
¿Colombia decidió en primera vuelta?
El 31 de mayo, Colombia votó y superó las predicciones: Abelardo De la Espriella, el abogado penalista que construyó su capital político sobre la espectacularización del conflicto y la provocación deliberada, fue el más votado. El 21 de junio disputará en segunda vuelta la presidencia contra el oficialista Iván Cepeda en un balotaje que polariza al país entre dos proyectos radicalmente distintos.
El resultado confirma el patrón. Sus apariciones televisivas –siempre intensas, siempre al borde del escándalo– generan lo que los expertos llaman “activación de la amígdala”: respuesta emocional que supera al análisis racional. En un país que lleva décadas procesando cicatrices de violencia real, la oferta del hombre duro que no teme a nada es electoralmente devastadora. La frialdad estratégica, el encanto de tribuna y la ausencia de autocrítica fueron, en esa campaña, activos electorales.
Lo que se juega el 21 de junio no es solo una disputa programática. Es una prueba sobre si la fascinación por el disruptor tiene un límite cuando lo que está en juego son las instituciones que hacen posible la convivencia. Colombia lo sabe mejor que nadie: ya vivió lo que ocurre cuando el Estado se rinde ante quienes lo desprecian.
¿Por qué ahora y por qué la derecha?
La pregunta sobre la concentración de estos perfiles en la derecha populista merece una respuesta honesta, no ideológica. Los movimientos de izquierda también han producido líderes con rasgos autoritarios y narcisistas –la historia latinoamericana ofrece ejemplos sobrados–, pero el momento actual presenta una asimetría notable.
Los movimientos de derecha radical que han crecido en la última década tienen una estructura narrativa que favorece especialmente al líder carismático e intocable: el culto al hombre fuerte, la desconfianza en los expertos y las instituciones, la glorificación del instinto sobre el análisis y la construcción de identidades políticas basadas en la lealtad personal más que en el programa.
Ese ecosistema es, literalmente, el hábitat natural del psicópata funcional. No necesita fingir que respeta las reglas porque sus seguidores lo admiran precisamente por romperlas. No necesita simular empatía porque el lenguaje de su movimiento valida la dureza como virtud. Y cuando las instituciones intentan frenarlo, sus bases interpretan el freno como persecución, lo que fortalece el vínculo.
Reconocer el patrón no es demonizar a nadie. Es aplicar a la política el mismo rigor que aplicaríamos a cualquier otro ámbito. Un médico que miente sistemáticamente a sus pacientes, carece de empatía clínica y destruye los equipos en que trabaja, seguramente será retirado de la práctica. Un político con ese mismo perfil, en demasiados países de la región, es reelegido.
La pregunta que entonces sugiero hacer es qué tipo de liderazgo estamos normalizando y si podemos permitirnos seguir confundiendo el carisma del depredador con la fortaleza del estadista.
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Juan Pablo Ferrari S. es periodista y consultor.