Columnistas

El dictador sigue ahí

Hicieron bien Costa Rica, Chile, Estados Unidos y la Unión Europea en no reconocer estas elecciones como legítimas. Sin embargo, no alcanza

¿Por qué se molestó Daniel Ortega en celebrar elecciones cuando todo el mundo sabía que eran una farsa, empezando por él y su copresidenta Murillo? Es una pregunta con varias respuestas, no necesariamente excluyentes entre sí. Escojo esta: Ortega las necesitaba para dar un manto de legitimidad a su régimen.

Por legitimidad entiendo el reconocimiento a su derecho de mandar en Nicaragua, o, al menos, la aquiescencia para hacerlo. No tengo duda de que, teniendo otra opción, se habría saltado las elecciones, pero, como realista cínico que es, entiende que no tiene otra manera para justificar su permanencia.

Si hubiese tenido un partido fuerte y organizado, como el Partido Comunista Chino, le hubiese bastado con que el Comité Central lo nombrara. Si hubiese sido una monarquía, habría dicho que tiene el derecho divino a mandar. Sin embargo, no tiene a dios ni a un partido a su lado, por lo que acudió a la pantomima electoral.

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