
Nos empezaron a matar antes de tiempo.
Un sorteo. Una risa. Un veredicto lanzado desde lejos. Costa Rica cayó en “el grupo de la muerte” y el mundo decidió que nuestra historia ya estaba escrita. Uruguay, Italia, Inglaterra. Tres campeones del mundo. Nosotros, apenas el nombre pequeño. El país que iba a aprender, a sufrir y a volver.
Maradona lo dijo con esa facilidad con que hablan los que no imaginan que también se puede temblar desde abajo: nos sepultaron antes de empezar.
Y entonces arrancó Uruguay. Penal. Gol. Y por un instante pareció que tenían razón. Que ese iba a ser nuestro lugar otra vez: el de la explicación digna. Pero algo se movió. Fue como si ese golpe inicial, en lugar de rompernos, nos despertara. Como si el país entero hubiera entendido que, si íbamos a caer, al menos no iba a ser obedeciendo. Joel empezó a correr con esa rebeldía de quien se niega a aceptar el papel que le entregaron. Y Costa Rica se levantó.
Ahí empezó todo.
Después vino Italia. Y enfrente estaba Buffon, uno de esos nombres hechos para recordar jerarquías. Pero Bryan se suspendió en el aire y ese cabezazo fue mucho más que un gol. Fue un país arrodillando al peso de la historia. Cuando esa pelota entró, no cayó solo Italia. Cayó una manera de vernos.
Y entonces empezamos a creer.
Pero no a creer bonito.
A creer de verdad.
A creer juntos.
Ese fue el gran cambio. No solo que la selección compitiera. Fue que el país empezó a reconocerse en ese equipo. En Celso pidiendo calma, como si supiera que a veces los partidos importantes no se ganan corriendo más, sino sintiendo mejor el pulso del momento.
Ahí había algo más que táctica. Había madurez. Había una forma de inteligencia que cambia destinos. Y el país entendió eso. Lo entendió en Bolaños sosteniendo. En Umaña hablando. En la línea junta. En todos defendiendo como si defender fuera una forma de amarse.
Y eso fue, tal vez, lo más hermoso de aquel Mundial: aprendimos a sufrir juntos.
Sufrimos juntos. Resistimos juntos. Como si, durante un mes entero, Costa Rica hubiera descubierto que una muralla no siempre se construye con cemento. A veces se construye con voluntad, con disciplina, con fe. Por eso Keylor no era solo un portero. Era un símbolo.
Y llegó Grecia. Y llegó el momento en que esa selección dejó de ser una sorpresa para convertirse en un espejo. Nos expulsaron a Duarte y, con uno menos, seguimos de pie. Ya no era ingenuidad. Era convicción. Y cuando llegó el empate y la angustia, apareció también algo profundamente nuestro: esa forma de encontrar coraje cuando ya no queda aire.
Por eso aquella tanda de penales fue mucho más que una clasificación. Cuando Navas paró, no paró solo él. Paramos todos. Y cuando Umaña caminó hacia la pelota, caminó un país entero con él. Cuando pateó, llegamos todos. A cuartos del mundo, sí. Pero sobre todo a una nueva idea de nosotros mismos.
Después vino Holanda. Y Yeltsin Tejeda sacando aquella pelota de la línea como si barriera el destino. Y aguantamos. Porque para entonces ya no éramos solo una selección defendiendo. Éramos un país siendo muralla.
Brasil 2014 nos dejó eso: la certeza de que juntos podíamos más. La certeza de que la fe juega. Y, sobre todo, nos dejó una pregunta que sigue viva:
¿Por qué no?
¿Por qué no creer?
¿Por qué no pensar que podemos más?
Tal vez ese fue el mayor regalo de aquella selección. No solo llevarnos más lejos de lo que nadie imaginó, sino mostrarnos que, cuando este país deja de pedir permiso, cuando se abraza y cuando cree unido, puede tocar alturas que parecían reservadas para otros.
Ese fue el día que un país creyó en su selección.
Y también el día en que una selección le enseñó a un país a creer en sí mismo.
Por eso vale la pena volver a mirarlo. No para vivir de la nostalgia, sino para recordarnos quiénes fuimos cuando creímos.
Porque si una vez pudimos tocar el cielo, ¿por qué no una vez más?