La vida es un estado altamente improbable de la materia.
De los mismos elementos que forman el polvo, el agua y las estrellas, surgió algo capaz de respirar, sentir, recordar, amar y preguntarse por su propia existencia. El biólogo Ludwig von Bertalanffy escribió que los organismos vivos se mantienen en un estado “fantásticamente improbable”. Existir es, en sí mismo, extraordinario.
Sin embargo, actuamos como si la vida ajena valiera poco. Lo vemos en nuestras carreteras. Se conduce a velocidades temerarias, se utiliza el teléfono y se maneja después de beber. Luego llamamos “accidente” al desenlace, como si siempre hubiera sido inevitable. Pero detrás de muchas tragedias, hubo una decisión que ignoró a los otros.
¿Y qué decir de la facilidad con que insultamos, humillamos y destruimos reputaciones desde una pantalla? Hemos confundido la libertad de expresión con el derecho a herir, y el desacuerdo con el permiso para deshumanizar. Más grave aún es cuando quienes ejercen el poder convierten su investidura en megáfono para insultar, ridiculizar o señalar enemigos. Sus palabras fijan el tono de la conversación pública. Si normalizan el desprecio, transmiten que humillar al adversario es una forma legítima de gobernar.
Lo vemos también en el acoso sexual: en la insinuación que incomoda, el contacto no consentido y el abuso de poder que convierte el cuerpo ajeno en territorio disponible. La Organización Internacional del Trabajo advierte de que la violencia y el acoso pueden constituir una violación o un abuso de los derechos humanos y afectar la salud y la dignidad de quien los sufre. No son galantería ni una incomodidad menor: son formas de violencia.
“Accidentes” de tránsito, agresividad política y acoso sexual son conductas que parecen diferentes, pero comparten una raíz: la incapacidad de reconocer y respetar al otro.
En Octavio Paz, la otredad es el encuentro con alguien que no soy yo, pero cuya existencia también me revela y me constituye. El otro no es un obstáculo, un objeto ni un blanco. Sin otredad, el yo se convierte en medida de todas las cosas y termina justificando la indiferencia, la humillación o el abuso.
Respetar la vida es practicar la otredad: conducir sabiendo que no viajamos solos; comprender que ninguna posición de poder autoriza a invadir, acosar o degradar; detener una humillación aunque no seamos su blanco.
Las leyes y las sanciones son indispensables, pero no alcanzan si desaparece la consideración por los demás. Una sociedad también se define por aquello que decide no normalizar. La vida es frágil, breve y extraordinariamente improbable. Precisamente por eso, aprovechemos el tiempo que nos corresponde para ser mejores seres humanos: menos indiferentes, menos crueles y más capaces de cuidar. No deberíamos necesitar una muerte, una denuncia o una tragedia para comprenderlo.
Quien está frente a nosotros es otra vida, tan improbable y valiosa como la propia. En reconocer y proteger su humanidad comienza también la nuestra.
avilaaguero@gmail.com
María L. Ávila Agüero es pediatra infectóloga, jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina.
