Suelta el personaje de una película: “Dicen que hablo demasiado… Pero a veces hay cosas difíciles de callar”.
Nos pasa a todos, a unos más que a otros. Lo entendía Montaigne, para quien el ejercicio más fructífero y natural de nuestro espíritu es la discusión; su práctica le parecía más grata que la de cualquier otra acción de nuestra vida. Afirmaba: “Esa es la razón por la cual, si ahora mismo me obligaran a elegir, aceptaría más bien perder la vista que perder el oído o el habla”.
Se me ocurre llevar a examen dos modalidades de la discusión: el diálogo y el debate.
El primero significa intercambio de ideas sin aspereza, porque sí o en busca de una conclusión común. Como ilustra Leila Guerriero con este loco ejemplo:
–¿Vos sos escritora?, dijo Paola.
–Algo así.
–Ah. Yo quiero ser mecánica de autos. Y si no me da el cerebro, voy a ser escritora.
El diálogo difiere de la entrevista, que, según Emmanuel Carrère, transforma la esencia de la conversación y falsea por completo las relaciones humanas: justificada por la notoriedad, la entrevista “es una situación tan falsa, tan desigual, en la que uno habla y el otro escucha, y donde se da por sentado que lo que el primero tiene que decir es interesante, y no lo que tendría que decir el segundo…”.
En cambio, el debate es básicamente un mecanismo de confrontación, con equidad de armas, que difiere de la imposición. Jacob Mchangama lo ejemplifica cuando escribe acerca de la tolerancia: “Imponer el silencio y llamarlo tolerancia no lo convierte en tal. La verdadera tolerancia exige comprensión. La comprensión surge de la escucha. Escuchar presupone conversar”.
En suma, discutir, dialogar, escuchar, debatir, conversar, comprender, imponer, tolerar. Los niveles que alcancen esos instrumentos de comunicación en manos de los actores sociales, especialmente de quienes se desempeñan en la escena política, perfilan la calidad del clima público y de los recursos de que disponemos para encarar tareas y resultados a futuro.
Hoy, no me desalienta lo que percibo en el ambiente. Termino con Montaigne: “Me he esforzado por volverme más agradable en la medida que veía gente molesta, y más firme en la medida que la veía blanda, y más indulgente en la medida que la veía violenta, y más bueno, en la medida que la veía malvada”.
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.
