Columnistas

El arte costarricense no es ni pobre ni escaso

La muerte de Rafa Pérez nos obliga a reflexionar sobre tantos otros artistas que partieron

Rafa Pérez murió el 7 de enero. (Alonso Tenorio)

Uno desearía siempre estar rodeado de artistas: que toda aurora tuviera la luz que daba a sus frescos Miguel Ángel, que toda puesta de sol tuviera los colores con que inundaba sus tardes Monet, que toda noche tuviera las estrellas que bailaban en el cielo de Van Gogh, que todo diálogo tuviera la filosofía de Esquilo, que toda conversación tuviera la belleza de Shakespeare, que toda discusión tuviera la picardía de Tennessee Williams, que todo juego de infancia tuviera de música de fondo a Shostakóvich, todo impulso romántico adolescente a Rajmáninov, toda reflexión de madurez a Mozart.

Uno desearía siempre estar rodeado de artistas y, sobre todo, que esa compañía fuera eterna. Pero el arte no puede prolongar la vida, aunque sí trascenderla. Recientemente, lamentamos la dolorosa partida de uno de nuestros más queridos artistas, Rafa Pérez, quien, con su muerte, alcanza ahora la inmortalidad.

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