En los próximos días, la presidenta electa tomará una decisión medular: la estrategia con la cual su gobierno gestionará el triunfo electoral. A grandes rasgos, tiene frente a sí dos opciones, cada una con sus ventajas y riesgos. Cuál adopte tendrá profundas consecuencias para nuestra democracia.
La primera opción es la maximalista: aplicar máxima presión a las oposiciones, mediante una estrategia de acoso y derribo, para impedirles estorbar las prioridades gubernamentales. Discursivamente, el gobierno diría que si “el pueblo” eligió el cambio, pues cambio es lo que hay que hacer. ¿Y de qué cambio hablamos? Aquel que, en su momento, el Ejecutivo diga que es. A comprar palomitas, entonces.
La clave sería desgajar el Partido Liberación, de manera que, como ocurrió con el PUSC en esta legislatura, varios de sus diputados se conviertan, en la práctica, en oficialistas. Y, para la galería, se agitaría continuamente la necesidad de reformas constitucionales al régimen político, con el fin de mantener al “pueblo” movilizado y bien polarizadito. Esta estrategia, de ser exitosa, podría darle un gran rédito, el control duradero del sistema político a su grupo, pero, si fracasa, dejaría tierra arrasada, un gobierno con pocos logros de gestión pública (parecido al actual) y una democracia herida.
La segunda opción es la contemporizadora: utilizar su mayoría parlamentaria para aprobar amplios paquetes de leyes ordinarias en las que, pragmáticamente, se incorporen puntos de vista de algunas de las bancadas opositoras. Posicionarse como un gobierno reformista pensando en crear un legado generacional. Las reformas no creo que serían progresivas; quizá lo más probable es que, dado el talante conservador del nuevo gobierno, sean regresivas en relación con el Estado social de derecho. En cualquier caso, ciertamente implicarían modificar las relaciones entre Estado y sociedad. Sin embargo, esta estrategia no garantizaría el control duradero del sistema político, pues el régimen institucional seguiría organizado con las reglas actuales.
Entre estas dos opciones polares hay, por supuesto, estrategias híbridas que combinarían, con distinta intensidad y en distintos momentos, el maximalismo y la contemporización. Incluso, puede ser que la gobernante no logre perfilar ninguna con claridad, lo que crearía un peligroso vacío político. Nos enteraremos pronto por dónde va la procesión.
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Jorge Vargas Cullell es sociólogo.