En uno de sus últimos exabruptos, don Rodrigo Alberto de Jesús Chaves Robles, presidente de la República para más señas, lanzó un ataque directo al diputado Óscar Izquierdo en el que lo acusó de vivir adherido a la “glándula mamaria” del Estado.
De inmediato, los aliados del legislador acudieron en su auxilio lanzando vasos distractores al cuadrilátero mientras trataban de que Izquierdo se mantuviera derecho, pese al violento uppercut al mentón. A fin de cuentas, una escaramuza más con el mismo provocador de siempre.
Por coincidencia, días antes y durante la campaña electoral, doña Laura Fernández había expresado algo similar. Tal vez sobre la misma persona; no lo tengo claro. Pero doña Laura obvió el eufemismo anatómico y recurrió a las populares y soberanas cuatro letras, posiblemente para que lo entendiera mejor el pueblo.
Pero dejemos de lado a la señora presidenta electa, que bastante ocupada y preocupada ha de estar mientras escudriña qué puesto ofrecerle a don Rodrigo de Jesús. Hay que recordar que el mandatario, con humildad franciscana surgida quizás como una iluminación del patrocinio que lleva en su nombre, recién manifestó que le gustaría estar donde mejor pudiera servir a Costa Rica.
Para peores, nuestra presidenta número 50 estaría teniendo pesadillas recurrentes en las que se ve buscando afanosamente su nueva oficina de Zapote y solo encuentra los rótulos de Primer Ministro y Primera Dama. Y otros sueños angustiantes en los que se ve perseguida por un hombre que le recuerda a Shrek, quien lleva sobre una camisa azul y roja otra camisa turquesa y, sobre ambas, una kurta, mientras blande un documento en el que apenas alcanza a leerse el título: Ruta de la Educación II.
Pero basta de digresiones. El objetivo de este artículo es plantear dos preguntas muy simples y dos peticiones muy concretas. Todo, desde mi perspectiva de adulto mayor, apegado a los nobles valores y principios que han caracterizado a nuestro país, y testigo de 16 periodos presidenciales en los que jamás vi tanta ignominia como en el actual.
Esas preguntas son: cómo juzgará la historia a don Rodrigo de Jesús y qué piensan los niños y jóvenes de él.
A la historia, por sí misma, habrá que darle tiempo de que aquilate en su justa dimensión y perspectiva sus resultados políticos, económicos y sociales y su catadura moral y ética, pero no es ocioso imaginar algunos veredictos.
¿Será don Rodrigo de Jesús el hombre que nos hizo perder la inocencia país? ¿El gran reformador (de algo más que La Reforma?). ¿El gran incomprendido? ¿El jefe de Gobierno que convirtió al adversario político en enemigo personal, la discrepancia de opiniones en amenaza al sistema, la discusión respetuosa en riña callejera? ¿Quien prefirió ser odiado antes que querido, al no poder ser ambas cosas? ¿Uno más en la irrefrenable deriva populista e insolente que asuela a las Américas y otras partes del mundo? ¿Un hábil prestidigitador con las debilidades del sistema y las flaquezas de los costarricenses? ¿O, simplemente, un aspirante de la plebe que, llegado a palacio, no se convirtió en rey, sino que transmutó el palacio en circo (con función de gala los miércoles)?
En mi época escolar, al iniciarse las clases en marzo, se nos pedía hacer una redacción sobre las vacaciones. ¿Por qué no pedir, entonces, en los últimos niveles de primaria e iniciales de la secundaria, que los alumnos escriban con libertad una redacción acerca de nuestro presidente? Como sorpresa y sin móvil en mano. De seguro, tendríamos respuestas muy interesantes y reveladoras; una espontánea radiografía de en qué medida pudo haber incidido el mandatario en la (de)formación de las nuevas generaciones y un valioso acervo nacional que los docentes podrían usar con fines pedagógicos.
Para concluir, mis dos respetuosas peticiones. A la presidenta electa, que recuerde que la mayoría de los costarricenses que acudimos a las urnas expresamos un rechazo claro a la continuidad, que para su partido significaba la continuidad de don Rodrigo de Jesús en las altas esferas de mando. Mejor prueba de eso no pudo ser el lema captaincautos, pero sin duda eficaz electoralmente, “La continuidad del cambio”.
No cometa ese error, doña Laura. No acepte ninguna sombra poderosa para que pueda gobernar a plenitud. No siembre dudas sobre dónde terminará él y dónde comenzará usted. No propicie que se generen dos centros de gravitación en la toma de las decisiones superiores (y, mucho menos, un triunvirato como el que usaron para ganar, si doña Pilar Cisneros también sigue girando a su alrededor). Demuestre su independencia y fuerza y deshágase del aspirante a autócrata, para que logre reinar en palacio.
A don Rodrigo Alberto de Jesús Chaves: intente alcanzar la dignidad del cargo al menos en el ocaso de su gestión. Trate de hacerse a un lado con elegancia. No siga marchando altanero por un campo de batalla y dé espacio a la reconciliación nacional. Acepte alguno de los jugosos puestos que le han ofrecido, ojalá en Estados Unidos, que tiene excelentes terapeutas en problemas de inteligencia emocional e incontinencia verbal. Y, por favor, póngase en mute. Suspenda la agresión y el bochorno públicos estos dos últimos meses, aunque su grey le siga riendo las gracias. Practique la virtud cartuja del silencio. Al final, calladito no será más bonito, pero sí un poquito más decente.
Juan Fernando Cordero Arias es periodista y empresario turístico.