
Cuando llega diciembre y con él las fiestas de fin y principio de año y las vacaciones, las familias o los amigos se organizan, todos están invitados, menos algunos. A estos últimos nadie los menciona, aunque todo el mundo sabe quienes son.
Son los otros. Los que encarnan el sentido de la otredad, los que no son como yo o como nosotros, a pesar de que son parte de mí, de nosotros, de nuestras vidas. Son, desafortunadamente, el gran elefante en una conversación que no existe, que no se da. Un ingrato ejercicio de autocensura que evita el problema de mencionarlo, escucharlo, conversar sobre ello.
Esos otros, los diferentes, los que no son como queremos que sean, simplemente son como son, como la naturaleza decidió que fueran, o como ellos mismos, precisamente por la libertad que la naturaleza misma les dio, decidieron ser.
Nos hemos especializado en poner etiquetas a los otros, y a nosotros. Si se es de determinada creencia religiosa, edad, estatura, peso, sexo, identidad de género, orientación sexual, posibilidad económica, escolaridad, nacionalidad y cuantas formas más de clasificar a las personas imaginemos, existe la posibilidad de no ser aceptado dentro de ciertos círculos. Lo curioso es que, pensándolo bien, todos estamos expuestos a ser considerados parte de los otros para los otros, o sea, no hay inmaculados.
A pesar de esta odiosa y triste realidad, reconozco que la infame otredad es parte de nuestra vida de grupo, de organización y, lamentablemente, de familia. Es así como existe la posibilidad de que no se acepte al amigo o la pareja del miembro de nuestro grupo, si es de una calidad distinta a la deseable.
Aquí opera la infeliz autocensura, no solo en lo que se piensa o se quiere expresar, sino también en cómo se actúa. Quien está en desacuerdo con la discriminación y el etiquetado de las personas muchas veces prefiere callar para evitarse un conflicto o para no crearlo para algunos miembros del grupo.
Este ejercicio lleva a muchas personas a abstenerse de opinar sobre cuestiones tan potables como su posición política, la religión, preferencia deportiva e incluso su propia identidad de género u orientación sexual.
¿Por qué ocurre lo anterior? Simplemente porque a otros similares hacerlo les ha significado la descalificación para ellos mismos y para los de “su grupo”. Esto les ha merecido la exclusión parcial o total. Algunos tienen la “fortuna” de que su familia los acepte, parcialmente, como son, es decir, pueden ser lo que desean mientras no se comporten de la forma con que se identifican, ni siquiera cuando estén en una actividad familiar.
No es infrecuente que se acepte que un miembro de la familia sea homosexual o lesbiana, pero es impensable que la pareja lo acompañe a las reuniones familiares, un acto de absoluta falta de amor hacia quien se dice que se ama. Si no es amor, cuando menos de empatía, respeto a su derecho o tolerancia. ¿Se puede decir que se ama a una persona a quien no le permitimos ser como es, como decidió ser y vivir plenamente sin ser juzgada, etiquetada y, mucho menos, discriminada, y a quien es parte de su vida más íntima y plena?
Lo mismo se aplica en casos de discriminación por cualquier otra causa, sea cual sea, incluida la aporofobia, que la filósofa Adela Cortina define como fobia contra la persona pobre.
Si miramos bien, aunque la profesora Cortina habla de pobreza material, bien podría aplicarse el concepto a los pobres de corazón y mente; quizás así habría más lugar para reflexionar si deseamos seguir por el miserable camino de la discriminación, en especial e irónicamente, a la que se somete a quienes se dice que más se ama, lesionando así sus más profundos sentimientos. Al final, siempre seremos “los otros” para “los otros”. ¡Vaya ironía!, ¿no creen?
El autor es profesor de Epidemiología en la UNA desde hace 20 años. Ha publicado unos 140 artículos científicos en revistas especializadas.