Anduve en Argentina hace más de veinte años, cuando el gobierno de turno decretó lo que se llamó el corralito. En breve: se apropió de la plata de todas las cuentas bancarias, prohibió a las personas retirar su dinero y, de repente, una sociedad entera se quedó sin efectivo… excepto algunos empresarios y políticos enchufados que, avisados por un pajarito, sacaron millones de dólares de los bancos.
Lo que vi nunca se me olvidará: el fin de una economía mercantil. Nadie tenía plata para comprar, excepto la que andaba encima, y esa se acabó en dos toques. Las ventas del comercio, restaurantes y bares se paralizaron de un plumazo. Las personas volvieron al trueque y en las ciudades se crearon comunidades para cocinar de manera colectiva. El que aparecía con efectivo compraba cualquier cosa a precio de quema y muchos enchufados se aprovecharon de esa situación.
En las noches, centenares hacían fila, con gran orden, para repartirse los restos de comida medio podrida que botaban los restaurantes de comida rápida, los únicos que algo vendían. También, vi saqueos y trenes enteros llenos de cartoneros, que entraban día a día al centro de la ciudad, trayendo y llevando a miles que sobrevivían rebuscando en la basura. Y, por supuesto, vi mucha gente pidiendo limosna, pensionados a quienes no se les giraba su jubilación, lustradores de zapatos, mecánicos y hasta artistas que se habían quedado sin sustento.
Un enojo monumental se apoderó de la sociedad argentina. Y con justa razón. Fue cuando acuñaron el lema “Que se vayan todos”, y se hicieron la promesa de “nunca jamás” permitir que la política tradicional, el peronismo y el antiperonismo, volviera a embaucarlos. Nunca. Pero ¿saben qué? Todos —políticos y enchufados— volvieron. ¿Flaca memoria o mala costumbre?
Un desfile de politiquillos siguieron durante veinte años más hasta que, en medio de una inflación galopante y una gran pobreza, el domingo, una mayoría eligió a un loco. ¿Y por qué no un loco, motosierra en mano y vociferando insultos, si toda la historia reciente ha sido una locura? ¿Qué más da a un pueblo cuando pierde toda esperanza? Así subió Chávez en Venezuela, así sube Milei. Caudillazos mesiánicos. Y todavía hay quienes se fijan en la ideología. No es la ideología, señores, es el acto de rendición colectiva. Otro más en América Latina. ¿Qué puede decirse a un pueblo desesperado?
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El autor es sociólogo, director del Programa Estado de la Nación.