
En la actualidad, nos enfrentamos a un fenómeno que trasciende lo meramente tecnológico para instalarse en nuestra identidad: los hologramas culturales. No estamos hablando de proyecciones físicas de luz que asombran en un escenario, sino de algo mucho más sutil y persistente: construcciones digitales que proyectan una imagen de los sucesos culturales, a menudo carentes de profundidad o de una base sólida en el mundo real.
Esta nueva realidad se alimenta de identidades fabricadas. A través de versiones optimizadas de nosotros mismos y filtros estéticos, proyectamos vidas de logros perfectos que funcionan como una fachada diseñada para el algoritmo.
En este ecosistema, el llamado “turismo de pantalla” y la cultura de lo instagrammable han dictado una nueva sentencia: la cultura se reduce a su estética visual, con lo que pierde su significado histórico o su profundidad psíquica y de análisis.
Me refiero a que “se consume la imagen de la cultura, pero no la cultura en sí misma”. Como resultado, los rituales ancestrales y los monumentos históricos se descontextualizan para transformarse en simples fondos visuales (backgrounds) para una fotografía. Ya no importa el lugar ni la historia; importa que el espectador crea que estuvimos allí.
Literatura del escaparate
El impacto de esta “holografización” es particularmente crudo en el ámbito literario. Bajo la premisa de Jean Baudrillard de que consumimos el signo de la cosa, más que la cosa misma, el marketing editorial ha transformado al autor en una marca que debe alimentarse constantemente.
Esta presión ha dado origen a la “literatura del escaparate”, donde el escritor deja de ser un creador para convertirse en un producto de diseño adaptado a nichos de consumo específicos. Las reglas del juego son claras: hoy, un autor sin presencia en plataformas como TikTok o Instagram es prácticamente inexistente para el mercado.
Al escritor ya no se le juzga primordialmente por su texto, sino por el perfil proyectado en sus redes sociales.
Se obliga a los autores a realizar una puesta en escena de su vida –mostrando fotos de escritorios, cuadernos y cenas– que rara vez coincide con el proceso real de escritura, el cual suele ser hijo del tiempo y la soledad. Incluso géneros como la autoficción y el ensayo autobiográfico se han visto potenciados no por una necesidad estética, sino por la exigencia de que el autor proyecte una vida que “valide” su obra para que el libro pueda venderse.
Tropos, burbujas y #BookTok
La segmentación del mercado digital, liderada por gigantes como Amazon o Goodreads, ha confinado la literatura a burbujas basadas en tropos o clichés narrativos fácilmente identificables por los algoritmos. Figuras como el “viaje del héroe”, el “guapo malo” o el “triángulo amoroso” son utilizadas deliberadamente para asegurar una indexación rápida y viralidad en espacios como #BookTok.
Esta práctica no es inocua: genera una homogenización estética y un monocultivo cultural global. Las consecuencias son visibles en la estructura misma de los libros.
Géneros escaneables
Los géneros clásicos se rediseñan para ser compartibles y rápidos de leer. La poesía, por ejemplo, se reduce a frases cortas y visualmente atractivas para un feed, desplazando la complejidad por una emocionalidad superficial que no resiste una lectura crítica prolongada. El libro físico evoluciona hacia un híbrido con códigos QR y Realidad Aumentada, donde la “experiencia de usuario” compite en importancia con la prosa misma.
La temperatura social de los espejismos
Más allá del arte, los hologramas culturales afectan la percepción de la realidad social. Los algoritmos crean una realidad a medida en nuestros “muros”, haciéndonos creer que el mundo piensa como nosotros. Esto da pie a espejismos sociales –alimentados por el ruido de los bots– que construyen una falsa percepción de la temperatura social, que no necesariamente se refleja en las calles.
Incluso se crean espejismos del gusto utilizando voces de personalidades fallecidas (como la de Agatha Christie) para potenciar el consumo a través de la nostalgia cultural. En este escenario, la verosimilitud ha sustituido a la verdad.
El riesgo de la cultura de eventos
La primacía del estilo de vida sobre el conocimiento ha instaurado la peligrosa premisa de que “parecer es ser”. Los escritores jóvenes, bajo la presión de ser “exportables”, se ven forzados a adoptar estéticas holográficas, dejando de lado identidades antropológicas más profundas y la búsqueda de una verdad que diferencie la realidad de la mentira.
El riesgo inminente es la consolidación definitiva de una “cultura de eventos”, donde lo primordial es el lanzamiento y la viralidad del “autor-holograma”. En este modelo, los libros tienen una vida útil cada vez más corta, supeditados a la siguiente burbuja de atención y a esa sed insaciable de consumo (la “sed del deseo siempre insatisfecho” mencionada por Lacan), que el mercado digital genera y multiplica.
Debemos, como sociedad, poner atención a este fenómeno antes de que la conexión humana orgánica sea totalmente sustituida por narrativas de prompts y nos acostumbremos a la mentira de que seguimos siendo originales. Si es que todavía importa.
Dorelia Barahona es filósofa y escritora.