Llegó al país hará ocho meses procedente de una isla asolada por una quimera fallida.
Contactó con un amigo de crianza, un connacional que arribó antes que él, le dio albergue y lo orientó para conseguir trabajo.
Cuando fue necesario, fingió ser peluquero y de este modo logró que otro inmigrante de distinto origen, un nicaragüense afincado desde hacía cuatro años en el país, lo colocara en su modesto negocio donde le sobraba una silla.
Desde la mañana hasta la noche, puso toda su atención en observar lo que el otro hacía, sin perderse detalle, y descubrió que no le faltaban dotes para hacer algo tan audaz como desmochar cabezas ajenas sin disgusto de sus dueños. En esas estaba el día que lo conocí y me propuso confiar en sus manos; me acostumbré a su trabajo, depilarme era cosa fácil.
Con el tiempo, crece la confianza: me ha contado que su proyecto es reunir aquí a la familia que quedó allá, en medio del mar, traerse a su esposa y su hija. Me ha dado detalles de cómo pretende hacerlo. No se trata de vivir simplemente como beneficiario de la caridad ajena: quiere hacerlo preservando su dignidad. Eso exige trabajo, orden, paciencia, concentración, abstención. Pero es posible; que lo diga él, que ha luchado contra viento y marea.
Es joven, apenas pasa de los treinta años; si se mira bien, en poco tiempo ha conseguido algunos logros inesperados: en síntesis, ha aprendido un oficio gracias a que ha conseguido un amigo. Sabe que una cosa lleva a la otra porque uno se lo propone, se aferra al plan y no desfallece. Sabe que, por una causa o por otra, el mundo no va a cumplir las promesas que por generaciones le hizo a él y a la gente como él, y que, a fin de cuentas, solo está en sus manos hacer cuanto pueda por cumplir las que se ha hecho a sí mismo.
Uno de estos días, al regreso de un viaje, le conté que había sobrevolado su isla y entonces había pensado en él. No le dije que, mientras lo hacía, leía a Hannah Arendt y su relato del padre que, en los días aciagos de la guerra, intentaba cruzar la frontera para huir de su país mientras su hijo le gritaba: “¡Corre, padre, corre, o morirás!”.
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.
