Columnistas

De los monos desnudos a los talibanes

Comprobé lo bastante engañosa de la simplificación según la cual una imagen vale más que mil palabras

Leí una emocionante y nostálgica entrevista hecha a Desmond Morris, héroe de mi lejana juventud. En 1967 publicó un libro que me sigue impactando cantidad: «El mono desnudo». Con un título entonces bastante provocativo, el zoólogo inglés reforzaba la línea escandalosa que, algo más de cien años antes, un coterráneo de él había introducido.

En efecto, con base en observaciones y comparaciones en las islas Galápagos, no tan lejos de nuestra isla del Coco, Charles Darwin dedujo lo que ahora resulta ciencia incontestable: somos un simple eslabón en una cadena evolutiva.

Su libro «El origen de las especies» causó el efecto de una bomba grande, llena de perdigones, con perdón de la Biblia, precioso libro, pero escrito en un preciso contexto hace unos dos mil años. Los humanos no solo nos parecemos a ciertos monos, sino que resultan ser, como quien dice, primos.

En cantidad de sectores, en el país y en ciertas mentes retrógradas hasta de Estados Unidos, algunos reacios todavía se niegan a reconocer esa verdad como un templo.

Medio adolescente todavía de mentalidad, en esos mismos meses de la primera televisión en mi casa, yo tragaba, revueltas, imágenes de machos en guerra, en Belfast, como lecciones perennes de Morris sobre las monas y los monos: una de las características más fuertes de la especie ahora pomposamente llamada «humana» es el altruismo.

En épocas remotas, mientras los hombres cazaban, las hembras cuidaban la prole (no hemos cambiado tanto). Al volver los machos de caza, sus hembras eran la única especie que se acoplaba con el progenitor de la cría, a pesar de que esa estaba tomando el pecho. Multifuncional, la madre, todavía, además de muy solidaria.

Pero hoy, ya todo el día, tengo ante mis ojos una imagen en un matutino de mi tierra: sobre la pista de un aeropuerto militar belga, salvados del drama en Kabul, caminan una pareja y dos niños, dichosos. La mayor de las hijas, ¿tendrá unos seis años?, anda de última en una especie de fila india y un subtítulo por lo demás evidente, señala que salta.

Me emocionó volver a ver el uso de un verbo muy expresivo al respecto en mi idioma materno: aquel neerlandés «huppelen» lo asocié con el hup hop del saltar la cuerda —allá— entre tantos juegos de niñas y niños.

Nuevamente, comprobé lo bastante engañosa de la simplificación según la cual una imagen vale más que mil palabras. Sigo pensando, viendo mucho más allá de la fotografía.

El reportero de Reuters debe haberla tomado al vuelo, con alta resolución; sin embargo, mi mente nada demente se permite brincar más allá, al futuro. Esa criatura tan dinámica quizá salta porque fue su primer vuelo en avión; dudo que realmente sabía, o sepa, el privilegio inmenso que le toca.

Solo los padres deben darse cuenta cabal de cómo fue la odisea para salir de las garras de esas bestias talibanas. Con el aire profesoral que no se me quita, recuerdo e informo de que el vocablo «talibanes» proviene de «estudiantes»: asiduos hasta pasar la raya, esos, en ciertas escuelas religiosas de Pakistán, al lado de Afganistán, en los años noventa.

No sé por qué esa adorable chiquilina la imagino ojalá en un par de días, saltona, instalada quizá en Schaarbeek, barrio pobre de Bruselas, con muchos migrantes, un poquito como Tirrases, donde en el bus ahora se suele oír una babel de voces.

Dichosa mil veces, ya en el nuevo Ítaca de su familia, en setiembre, con un nuevo año escolar, en confortables clases mixtas y gratuitas, en alguno de los tres idiomas nacionales de allá, ella podrá seguir aprendiendo sobre el fascinante mundo: le recomiendo seguir saltando entre materias artificialmente separadas.

Es categórico Desmond Morris cuando afirma que en el reino animal (del que con un halo impresionantemente audaz seguimos declarándonos reyes) las hembras son mucho más ágiles, más constantes y perseverantes que sus pares, siempre distraídos entre ímpetu y bravío. Aprendamos varones, varados muchos, y dejemos la consuetudinaria prepotencia.

¿Cómo te llamas chiquilla? Que tu imagen se vuelva tan icónica como la de otra, también huyendo de la guerra y el napalm, en el Lejano Oriente. Adelante, yo, que solo pude ayudar a procrear y educar a dos vástagos, de un salto trasatlántico corro a abrazarte.

valembois@ice.co.cr

El autor es educador.

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