El hantavirus detectado en el crucero MV Hondius nos recuerda cuán vulnerables seguimos siendo y con qué facilidad olvidamos la pandemia y los buenos hábitos que nos dejó. La crisis convirtió la embarcación en una bomba flotante durante un mes.
Más de 150 personas de 23 nacionalidades partieron de Argentina con la ilusión de visitar la Antártida, sin imaginar los difíciles días que estaban por venir. De ahí surge una lección importante: debemos mantener, de forma permanente, mejores hábitos y protocolos de contención para evitar errores como los que, en este caso, se cometieron.
Por ejemplo, al diagnosticar la primera muerte como natural, se permitió la salida de la viuda del fallecido, exponiendo al contagio a todas las personas con las que esta interactuó, incluidas las del avión del que posteriormente fue bajada debido a sus fuertes síntomas, antes de fallecer en Johannesburgo. A pesar de esto, tampoco se limitó la salida de otros 30 pasajeros en Santa Helena, lo que prolongó cadenas de contagio de difícil trazabilidad.
Finalmente, se activaron los protocolos y se determinó la presencia del hantavirus (o virus de los Andes) a bordo. Aunque no es un virus nuevo, sí es altamente contagioso en sus primeras etapas y, hasta la fecha, no existe tratamiento ni vacuna.
Gracias al Gobierno español y a la Organización Mundial de la Salud, el resto de los pasajeros pudo desembarcar bajo estrictos protocolos y con la imposición de una cuarentena mínima de 42 días para detectar posibles contagios. Los síntomas del virus incluyen dolor de cabeza, vértigos, escalofríos, vómitos, diarrea, dolores musculares y dolor abdominal. Sirva este hecho como un llamado a retomar muchas de las prácticas preventivas que aprendimos durante la pandemia y a hacerlas hábitos permanentes.
Honro al capitán, Jan Dobrogowski, quien agradeció a la tripulación y a los pasajeros “su paciencia, disciplina y bondad”, y admitió que no habría logrado superar la situación sin “la unidad y la fuerza silenciosa demostrada por todo el grupo a bordo”.
Invito a asumir su mensaje como un llamado global: preservar cada comunidad, cada país y entender el planeta como nuestro bote común. La responsabilidad de su supervivencia nos corresponde a todos.
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Nuria Marín Raventós es politóloga.
