
La vida está llena de metáforas; si no es que, más bien, es una gran metáfora en sí misma.
En tiempos en que casi todo compite por llamar la atención, es justo reivindicar a quienes no necesitan estridencias para hacerse notar. Pretendo, en este artículo, resaltar a esas mujeres que no requieren lo espectacular para destacar ni convierten cada gesto en una proclamación. Son, más bien, como una lantana (Lantana camara).
Hablo de esa planta de jardín cuya belleza no pretende imponerse, sino acompañar y calmar, con su presencia, sin requerir extravagancias. En un mundo fascinado por lo ruidoso, esa sola cualidad ya encierra una lección.
Esta flor no figura en el altar de las especies suntuosas; no obstante, posee una belleza serena, una resistencia admirable y una capacidad singular para hacer más amable el lugar donde habita. No tiene el prestigio social de la rosa ni el aire aristocrático de la orquídea. Tampoco ocupa el centro de los arreglos ceremoniales ni despierta el entusiasmo de quienes solo admiran lo suntuoso. Sin embargo, ahí está, dando color y textura con una modestia que no es pequeñez, sino carácter.
Algo parecido ocurre con ciertas mujeres cuya fortaleza no radica en la grandilocuencia, sino en la consistencia. No son las que más hablan de sí mismas, sino las que más sostienen. No necesitan discursos de superioridad ni credenciales emocionales para dejar huella. Les basta su manera de ser y de estar: sobrias, firmes, brillantes. Tienen una belleza que no depende del artificio ni del afán de impresionar, sino de un orden interior que se traduce en claridad, templanza y dignidad.
La lantana es reconocida por su gran capacidad para atraer mariposas de las más diversas características. Hay, en esa capacidad de atraer vida sin parafernalia, una imagen que evoca a mujeres que despiertan afecto, respeto y confianza sin proponérselo como estrategia. Mujeres cuya calidez no es pose, cuya hospitalidad no es cálculo y cuya cercanía no responde a ningún interés velado. En tiempos de vínculos cada vez más utilitarios, ese rasgo tiene un valor inmenso.
No se trata, desde luego, de idealizar a nadie ni de colocar a las mujeres sobre un pedestal retórico. Se trata de reconocer a las mujeres que organizan entornos enteros sin aspavientos, que estabilizan espacios tensos, que vuelven sana la convivencia y que, aun en medio de circunstancias adversas, conservan la capacidad de ofrecer sosiego.
Otra comparación justa y oportuna se refiere a la resistencia: la lantana soporta condiciones muy difíciles. Tolera la poda profunda, el sol intenso, el exceso de lluvia, el desgaste y el abandono relativo y, aun así, vuelve a florecer. Su aparente delicadeza engaña. Bajo esa imagen amable, hay una estructura tenaz. Igual ocurre con muchas mujeres cuya historia ha estado marcada por la prueba constante: han enfrentado pérdidas, tensiones, decepciones, sobrecargas, injusticias y, sin embargo, no permanecen en sus heridas, sino que echan mano a su esencia y rebrotan con mayor fuerza.
Se tiende a asociar la fortaleza con la dureza, como si ser fuerte implicara perder sensibilidad. Sin embargo, algunas de las formas más sublimes de fortaleza se parecen más a la lantana que al hierro: resisten sin dejar de florecer. Una forma particular de resiliencia.
A la lantana se le puede podar hasta lo más profundo, dejando apenas un pedacito de su tronco. Casi milagrosamente, resurge. Lo decisivo permanece bajo tierra: la raíz, la esencia, la reserva silenciosa de vida. También hay mujeres así, a quienes la vida ha querido reducir a lo mínimo y que, sin embargo, conservan intacto lo fundamental. Desde ahí vuelven a levantarse, siguen, se rehacen, se reconstruyen y rebrotan. No iguales, sino con más sobriedad, más hondura y más verdad.
Propongo hablar más de estas mujeres y menos de tantos modelos de discutible “éxito” que hoy se venden con una envoltura emocional comercial. Que, en lugar de poner la atención en figuras de brillo fugaz, valoremos más a quienes sostienen el mundo real sin pedir aplausos. Las mujeres tipo lantana no suelen ocupar portadas ni escribir épicas sobre sí mismas. Están, más bien, en la trama concreta de la vida: en el trabajo bien hecho, en la palabra mesurada, en la lealtad sin aspavientos, en la serenidad que no se quiebra a la primera tormenta.
En nuestra vida, hemos tenido y tenemos este tipo de mujeres que, como la lantana, son luminosas sin arrogancia, firmes sin aspereza, serenas sin debilidad. Mujeres cuya determinación no necesita anunciarse, porque se prueba, una y otra vez, en el hecho silencioso de seguir floreciendo. Quizás usted, mujer que lee estas líneas, sea una de ellas.
Escribí estas palabras dedicadas a una mujer extraordinaria. De pronto me percaté de que era abril y me vino a la mente la canción de Fidel Gamboa. Tarareé: “Puedo tocar el aire donde estuvo el dios benévolo de tu cuerpo… Hasta entonces, dame paz, dame muerte, o la vida, o un tiempo más…”.
juan.romero.zuniga@una.ac.cr
Juan José Romero Zúñiga es médico veterinario, epidemiólogo y académico investigador en la UNA y la UCR. Ha publicado múltiples artículos científicos en revistas internacionales.
