
Debido a que vi Matryoshka –una película de Maricarmen Merino Mora que rompe el tabú sobre la maternidad para narrar la intimidad que circula entre madre e hija, compuesta de ambivalencias, extrañezas, preguntas y silencios–, me puse a escribir este artículo.
Aunque parezca lo contrario, de las mamás casi no se habla. Quiero decir, no se habla realmente. No se habla con sinceridad. Lo que hacemos es condenarlas cruelmente –por lo que no hicieron o por lo que hicieron– o atribuirles méritos imposibles de santidad y sacrificio.
Pero, como ya dije, haber atravesado el filme de Merino me conduce inevitablemente a hablar de mi experiencia con mamá.
Mamá siempre fue una extraña para mí y sé que yo también lo era para ella. Lo supe ya estando grande, un día que la invité a almorzar solas –nunca lo habíamos hecho– y, estando frente a ella, sin tristeza ni enojo ya dentro mío, tratando de encontrar palabras para decirle algo, lo comprendí.
Intentamos encontrarnos, a ratos; tratamos de salvarnos, a veces, sin lograr mucho más que seguir intentándolo.
A mamá pude, por fin, verla al adentrarme un poco en su interior durante sus días finales. Lo logré volviéndome algo que había decidido no ser para nadie: su madre.
Hacerme cargo de su miedo, reconfortándola con mis manos y mis palabras, con los jardines que le inventé en una esquina del hospital, hizo que la fuera queriendo.
Descubrir su inmensa fragilidad me devastó, pero también me dio un sentido de responsabilidad que no provenía de una deuda por pagar, sino de una humanidad llana.
Cuando murió, sentí mi propia carnalidad junto a la suya: mi cuerpo de mujer quedó guindando de otro –el suyo– que, sin saberlo, me sostuvo toda la vida de alguna manera.
Y es que, antes de su fin, en los días en que aún podíamos caminar lentamente por la calle, nos encontramos una a la otra entre los árboles, los chorritos de agua citadinos y aquellas zompopas que nos propusimos seguir para descubrir dónde dormían.
Por eso, cuando murió, me sentí mareada durante meses, porque me faltaba un sostén que la mayor parte del tiempo me ofreció con desgano, por obligación.
La verdad es que ella tampoco quiso ser mamá, pero, en su tiempo, las mujeres no podían ni siquiera imaginar una pregunta sobre un hecho que les caía encima como una piedra.
Mamá, igual que cientos de mujeres con las que he hablado, soportó una maternidad que, por más hijos, más años y más vida cotidiana que sostener, nunca logró desear.
¡Recuerdo mis escalofríos y mi compasión el día que entendí lo que habría significado para ella tener tantos hijos sin deseo!
Todavía hoy me pregunto qué queda entre una madre y una hija cuando su relación no nació del deseo.
¿Qué hace una hija cuando entiende que su madre no quiso serlo? Me parece que ahí no tiene cabida el enojo, sino la compasión y un cierto alivio, una explicación posible para dolores que, de otra forma, quedan empozados.
Lo que yo hice, entre otras cosas, fue escribir una novela cuando dejé de necesitarla tanto y dejé de odiarla por no haber sido la madre que quise y necesité.
Lo que yo hice fue construir un tipo de lealtad hacia ella.
Para mí, ser leal a mamá es no idealizarla, sino reconocer el costo humano que tuvo para ella convertirse en madre. Serle leal es escribir algo como esto que ustedes ahora leen.
Lo es también reconocerlas a ustedes, todas las que sin deseo de maternar, lo hicieron bien, tanto como pudieron.
isabelgamboabarboza@gmail.com
Isabel Gamboa Barboza es escritora, profesora catedrática de la UCR y docente tiktokera. Galardonada con el Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría 2025 en la categoría de Cuento.
