Los juegos, como la vida, tienen reglas, y para que los juegos y la vida funcionen bien, hay que respetar esas reglas.
Trump no parece estar de acuerdo. Se brincó las reglas de los TLC que su propio país había impulsado. Trató de brincarse los resultados de las elecciones de 2020. Se brincó las 34 condenas que había recibido. Se brinca las normas contra el enriquecimiento ilícito –su ingreso, el año pasado, fue de $2.200 millones–. Y, claro, se brinca con garrocha los Epstein Files. ¿Cómo no se iba a brincar los reglamentos de la FIFA y la Copa Mundial?
En el partido contra Bosnia y Herzegovina, el goleador estadounidense Folarin Balogun recibió una tarjeta roja. Según el Reglamento de la Copa Mundial, si un jugador “es expulsado con una tarjeta roja directa o por doble amonestación, se le impondrá automáticamente una suspensión y no podrá participar en el siguiente partido de su equipo”. Clarísimo.
Pero a Trump no le gustan las reglas que le perjudican. Así que llama a Infantino –que hace cualquier cosa por halagar a Trump– y le pide que “revise” la suspensión. Veloz y complaciente, la FIFA encuentra un portillo y procede a “suspender la suspensión” para que Balogun pudiera jugar contra Bélgica. Ojo: la FIFA no se atrevió a eliminar la tarjeta roja, solo la suspensión.
Sin siquiera guardar las apariencias, Trump alardeó de su poder agradeciendo a la FIFA por “revertir una gran injusticia”. En el resto del mundo, ardió Troya: ardieron las redes sociales, ardió la Federación Belga de Fútbol y ardió la UEFA, los que afirmaron que la FIFA había traspasado una línea roja: “Cuando los propios guardianes de las normas dejan de garantizar su certeza, la integridad del juego queda en entredicho y se socava la credibilidad de una competición. Manifestamos nuestra incredulidad ante una decisión tan insólita, incomprensible e injustificable”.
Y todo para que, al final, una Bélgica fantástica pusiera las cosas en su lugar. Cuatro a uno. Bélgica venció no solo a los Estados Unidos con todo y Balogun, sino que venció a Trump, a Infantino, a Pochetino y a toda la FIFA. Esperemos que, como pasó en el juego, pase también en la vida: que caigan los tramposos.
leonardogarnier@gmail.com
Leonardo Garnier ha sido profesor e investigador de la Universidad de Costa Rica (UCR) y de la Universidad Nacional (UNA), ministro de Planificación Nacional y Política Económica (1994-1998), ministro de Educación Pública (2006-2014) y asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas para la Cumbre por la Transformación de la Educación (2022-2023).
